28 de Diciembre, 2007

Escribir para vivir, ya a la venta.

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Estas son las primeras palabras que escribo siete meses después de anunciar que todos los relatos que he publicado en este blog iban a formar un libro. Siete meses después puedo decir que todas las palabras que han fluido entre los códigos html de este blog se han materializado convirtiéndose en un soporte físico de una enorme calidad. Siento mucho haber anunciado la publicación de mi libro para Septiembre del 2007, cuando, en realidad, se ha publicado a finales de Diciembre, pero el trabajo bien hecho lleva su tiempo.

Lo primero que me gustaría decir es que echaba de menos el tacto de las yemas de mis dedos con el teclado, produciendo esa ruda y monótona melodía que sólo el autor comprende. El eje principal de mi vida es escribir, porque cuando no escribo en el ordenador o en una hoja de papel, lo estoy haciendo mentalmente. A veces voy andando y, sin darme cuenta, estoy narrando dentro de mi mente mi propia historia. Como si estuviera dentro de una novela en la que, cómo no, yo soy el protagonista y todos los que me rodean son sólo meros figurantes que matizan mi historia. A pesar de que llevo tanto tiempo sin escribir, en realidad, he escrito diariamente, a todas horas. Cualquier acción diaria o escena cotidiana que pasara en mi vida la escribía mentalmente, la disfrazaba de metáforas, le daba signos de puntuación e incluso la llenaba de la vida que a veces no logro darle con las palabras. Así llegue a la conclusión de que, por desgracia o por fortuna, escribir se había convertido en mi alma gemela; en el latido de mi corazón; en una segunda vida que llevaba a escondidas sin que nadie lo supiera.

Todos en nuestra vida llegamos a un momento en el que podemos marcar un antes y un después. Yo marqué mi antes y mi después a los 17 años, cuando comprendí que escribir era la razón de mi propia existencia; el oxigeno que me daba vida espiritual y que me permitía seguir viviendo. A veces mi cuerpo no es capaz de respirar involuntariamente, sino que necesito concienciarme de que tengo que respirar, entonces es cuando me paro, tomo aire, lo expulso por la nariz y comienzo a escribir.

Empecé a escribir en este blog un 7 de Abril 2006 –no sé por qué recuerdo la fecha- y publiqué mi último relato un 22 de Junio del 2007 –tampoco sé porque esta última fecha sigue en mi mente-. Durante todo ese tiempo escribí alrededor de 35 relatos, de los cuales 28 componen mi libro. A finales de Junio comprendí que necesitaba la colaboración de alguien que me ayudará a corregir y detectar fallos ortográficos o sintácticos en mis escritos. Le propuse está dura y pesada tarea a mi amigo Salvador Rovira Llorens, profesor de la universidad Autónoma y jefe del Museo Arqueológico Nacional, el cual, accedió. Durante buena parte del verano, ambos releímos cada una de las palabras que formaría en un futuro mi libro. Por las mañanas iba dándole forma al libro en solitario, y por las tardes Salva me acompañaba en los retoques finales. He de decir que los relatos que subí al blog, han sido publicados en el libro tal y como fueron escritos en su día. Sí es verdad que, después de tanto tiempo, muchos relatos o partes de éstos, me desagradaban por completo y sentía la tentación de rescribirlos y mejorarlos, pero comprendí que la obra debía perecer tal cual había sido escrita en su día y que el proceso de corrección no podía ser un ciclo continuo sin fin. Sin Salva, este libro, posiblemente, jamás podría haber salido a la luz. Desde aquí le agradezco enormemente que haya hecho el gran esfuerzo de perder parte de su tiempo en ayudarme. Él ha sido el encargado de escribir la breve introducción que figura en la contraportada del libro y que resumen a la perfección y con una enorme belleza literaria el significado de mi libro.

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Pero no sólo Salva ha hecho posible la creación de este libro. Cristina Blanco Moreno, fotógrafa profesional y diseñadora, se molestó en diseñar y crear una portada y una contraportada que llevó a cabo con las ideas que la sugerí. Además de eso, me realizó varias fotos entre las que, finalmente, elegimos una que aparecería en el libro como foto de autor. Con ella quedé varios días de verano para hacer las fotos y realizar la portada y contraportada. No sólo la agradezco su enorme trabajo sino también el énfasis e ilusión con la que ha llevado a cabo siempre este proyecto.

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También me gustaría resaltar a dos personas que han tratado la parte de la edición y han creado un formato apto para el libro. Carol fue la encargada de llamarme un día por la mañana –justamente cuando realizaba la portada del libro con Cris- para decirme que podía publicar mi libro en un sitio mejor del que pensaba hacerlo. Así ella me puso en contacto con Stan, el cual me ha hecho un formato y una calidad incuestionable, que me parecen inmejorables y de las cuales sólo puedo decir gracias, muchas gracias y muchísimas gracias. Gracias a ellos dos el libro tomó forma y se convirtió así en un pequeño recién nacido de 20×15 centímetros de altura y 245 gramos de peso. Ambos me han ido informando de cómo ha ido el proyecto desde la entrada en la imprenta hasta la posterior salida y entrega.

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El título, aunque en un principio iba a ser el mismo que el de este blog –Escribir es vivir-, ha terminado siendo otro debido a que en el registro de la propiedad intelectual me dijeron que ya había otro libro registrado y editado con el mismo nombre, porque lo que he tenido que llamarlo: “Escribir para vivir”. Este título me parece, incluso, más propio para el significado del libro, por lo que creo que era una segunda opción perfecta.

Y, finalmente, el libro llegó a mis manos. Y sentí a la vez un egocentrismo y un pudor desbordantes. Pensé por un momento en todos los figurantes que sólo matizaban mi historia y que ahora leerían mi libro y sentí una vergüenza y un infantilismo un tanto preocupante. Porque todas los relatos que forman mi libro son las pequeñas historias de mi vida. Las reales y las de ficción.

Con todo esto sólo me queda por decir que el libro está oficialmente a la venta y que se vende única y exclusivamente a través de esta página web. Su precio son 10 euros. La venta del libro se realiza a través de una sencilla transferencia bancaria. La persona que lo quiera comprar ingresa en una cuenta bancaria que daré a través de mi e-mail 10 euros y yo, sistemáticamente, le envío a cualquier parte de España el libro firmado y dedicado, a su propio domicilio. Los gastos de envío, por supuesto, están incluidos en el precio, por lo que la persona que lo compre no va a tener que pagar más que los 10 euros iniciales. En el caso de que el envío se realice fuera de España, el precio aumentará mínimamente debido al coste de envío, pero no habrá ningún tipo de problema en enviarlo a cualquier parte del mundo.

Todo aquel que quiera comprar el libro sólo tiene que enviarme un e-mail a danieldevicente90@gmail.com y yo le daré mi cuenta bancaria para que me ingrese los 10 euros. Sólo tiene que acompañar en la trasferencia su nombre y apellidos para que sepa quien es y darme por e-mail la dirección a la que quiere que le envíe el libro y yo, en cuestión de días, se lo enviaré firmado y dedicado.

Tengo que confesar que debido a los exámenes no he podido poner antes la noticia de la publicación de mi libro en este blog. Como noticia de última hora puedo decir que ya he vendido 40 ejemplares y que sí la cosa sigue así posiblemente se agote la primera edición pronto y se edite una segunda para dentro de un par de meses.

¿A qué esperas para comprarlo?

Sólo por 10 euros, firmado, dedicado y enviado a tu propio domicilio, sin ningún gasto de envío.

Espero tu correo en mi bandeja de entrada:

danieldevicente90@gmail.com

Abrazos y besos para todos y todas.

Daniel de Vicente Martín.

30 de Junio, 2007

Escribir es vivir va a ser un libro

Queridos lectores/as:

En septiembre, este pequeño espacio virtual, saldrá de vuestras pantallas para hacerse un hueco en el papel más humilde que hay. Más de cuarenta cuentos y poesías, algunos inéditos, nunca publicados en Internet, compondrán un libro bajo el título de este mismo blog: Escribir es vivir.

Todos los lectores/as que habéis seguido durante más de un año, todos los cuentos que he ido publicando semanalmente en este blog, estáis invitados a participar en el libro, con una breve carta/prólogo, donde podéis expresar vuestra opinión sobre qué y cuál es el significado de este libro. Sólo tenéis que enviarme un e-mail a danieldevicente90@gmail.com, todos los que queráis participar y os explicaré el número de palabras máximo y el tema.

Además, contaré con la colaboración de yaves, fotógrafa profesional, quien realizará y diseñará la portada y contraportada del libro bajo mis ideas. Y tal vez con la de alguien más, en otro campo, aunque aún no esta confirmado.

Si alguien quiere colaborar de alguna forma o tiene alguna idea, puede ponerse en contacto conmigo y comunicármela.

El 1 de Julio empiezo a reescribir todos mis cuentos para que en Septiembre, aun no sé la fecha exacta, se publique el libro.

Os iré contando poco a poco como van los preparativos del libro y demás cuestiones.

Un abrazo

Daniel de Vicente

22 de Junio, 2007

Misión cumplida

Cuando tenía diez años, mi profesora de matemáticas me dijo:

- No lo intentes, no vas a conseguir aprobar.

Yo sólo estaba en sexto de primaria. Era un tímido y rechoncho niño, que en aquellos años desató un trauma infantil, de los que te acompañan hasta el final de tus días.

Dos cursos después, caí en picado en el infierno de septiembre. Estuve todo un verano yendo a una academia, mañana y tarde. Rellené en apenas tres meses, cuatro cuadernos de ejercicios.

Cuando volvía por la tarde, seguía en mi casa, rellenando hojas y hojas. Oía a los niños en la calle jugar al fútbol y a algunos más afortunados, darse chapuzones en las piscinas de sus casas. Y yo mientras, sudaba como un cerdo, sin tan siquiera un aire acondicionado que me hiciera aquellos días de sol y amargura, algo más pasajeros.

Aprobé en septiembre. Tres meses de calor, sufrimiento y pesimismo me llevaron a un mísero cinco. ¿Qué es una nota?, ¿Acaso un número, rodeado con un circulo rojo, en la hoja superior de un examen, puede representar el esfuerzo y trabajo de una persona?. Estoy seguro de que no. Pero así es la vida. Así es esta sociedad. No cuenta el camino, sino la meta.

Con mi cinco en mano, me prometí que jamás volvería a ir a septiembre. Y tres años después puedo decir, que lo he conseguido.

Sí, he aprobado, y con bastante más que un cinco. Pero qué más da la nota. Porque digan lo que digan y pase lo que pase, soy de esas pocas personas, que aún siguen creyendo, que lo que cuenta es el camino, y jamás la meta.

Yo gano, matemáticas, este verano tampoco habéis podido conmigo:

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¿Demasiado calor? Ahora os toca sudar a vosotras.

Nota de autor: Me ha surgido un problema, y ahora cada vez que dejáis comentarios, tengo que aceptarlos para que se publiquen. No os preocupéis, que los aceptaré todos lo antes posible. Intentaré solucionarlo cuanto antes, para que así los comentarios vuelvan a publicarse sin necesidad de que yo los supervise.

El Jueves 28 de Junio, vuelvo a actualizar, y por fin desvelo esa gran sorpresa, que más una sorpresa, se ha convertido en un secreto a voces.

Daniel de Vicente

15 de Mayo, 2007

Tengo una misión

Damas, caballeros, señores y señoras, no se levanten de sus asientos porque la función aún no ha terminado. El telón se cierra pero pronto se volverá abrir.

Al actor protagonista de esta obra le han encargado una misión que le va a ausentar del escenario durante un mes. No le han recluido los servicios de inteligencia para una misión secreta sobre el tráfico de drogas en el Oriente Medio. Ni para una investigación periodística sobre la reproducción de los pingüinos en el Polo Norte. Sino para algo mucho peor. Una misión que requiere esfuerzo, tiempo, concentración y sobre todo una capacidad de imaginación ante lo abstracto inigualable. Redoble de tambores:

Aprobar Matemáticas

 

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Es por ello que el autor de Escribir es vivir estará sin actualizar dicho blog hasta mediados de Junio. Con el único propósito de concentrar todas sus fuerzas e imaginación en la batalla final contra su peor enemigo: las matemáticas.

Vayan a por una chocolatina y un refresco, pero vuelvan lo antes posible para disfrutar del acto final de la obra. Una gran sorpresa aún queda por desvelar.

Hasta dentro de un mes. Empieza la cuenta atrás. Y no de la operación bikini, sino de la vuelta del actor a la función.

Daniel de Vicente

30 de Abril, 2007

Morir para nacer

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La jeringuilla inoculaba distintas sustancias en diferentes partes de mi brazo. De vez en cuando abría un poco los ojos. Con recelo y miedo observaba como la aguja que manejaba aquel hombre de blanco penetraba en mi piel. Cuando era muy pequeño tenía miedo a las jeringuillas. Y ahora que soy más mayor, les tengo pánico.

Ochos pinchazos en total. Al parecer así son las pruebas de la alergia. Introducen en tu cuerpo pequeñas sustancias que provocan o no irritación en la piel. De esa forma terminan sabiendo a qué eres alérgico. Algo así me explicó el enfermero mientras pinchaba, con libre albedrío, por cada una de las partes de mi brazo.

Cuando terminó, el enfermero me pidió que esperara en la sala de espera hasta que me volvieran a llamar. Comencé a notar como tres de los ocho puntos que habían dejado los respectivos pinchazos se hinchaban adoptando un color rojizo. Por un momento pensé que estaba a punto de sufrir una transformación genética y convertirme en un ser fantástico con súper poderes. Pero pronto descarté esa opción y deseé llorar, gritar, correr y pedir ayuda, que era lo que el cuerpo me pedía. Pero a veces la vergüenza se proclama sobre cualquier sentimiento o emoción. Por muy sincero o intenso que sea.

Al rato, salió un médico con las típicas zapatillas blancas de andar por casa. Nada más ver mi brazo agregó:

- Pues sí. Tienes alergia. Pasa adentro.

Entré y comenzó a observar los puntos hinchados de mi brazo. Miró una tabla que enumeraba las diferentes sustancias que acaba de inyectar el enfermero en mi cuerpo. Al instante, terminó diciendo que las pruebas alérgicas habían dado positivas en el polen y la gramínea.

- Y ¿a las chicas no soy alérgico? - le pregunté con mucho interés - Porque cuando se me acercan se me pone la cara roja como un tomate. Exactamente, como tengo ahora mismo el brazo.

El médico soltó una leve carcajada seguida de una tímida sonrisa. Pensó que mi pregunta había sido un mero acto gracioso, o como lo llaman algunos: un chiste. Lástima que no se diera cuenta de que tenía mucha lógica y que en absoluto quise hacerle reír. Para mi era algo muy importante que, noche tras noche, me quitaba el sueño. Pero esos médicos de pacotilla no tienen ni idea. Se ríen por todo, como si los pacientes fuéramos unos insulsos sin sentido que preguntamos chorradas. ¿Verdad que era una pregunta muy normal?-

Debes tomarte todas las mañanas dos pastillas que te librarán de la alergia durante el día - dijo el médico - Te daré una receta para que puedas comprar el medicamento en la farmacia.

El médico escribió un par de frases en la receta y le puso un sello. Observé el papel que me entregó donde sólo veía dos líneas que formaban pequeños bucles. Lo más parecido a aquello era un garabato de un niño de dos años. O lo que es lo mismo: una obra de arte abstracta del siglo XXI.

- Ahora debes ir a la ventanilla principal y pedir cita para la revisión del año que viene, ¿de acuerdo?

Afirmé con la cabeza y me despedí de él. Por los pasillos del hospital me crucé con pacientes de todo tipo: Anoréxicos, bulímicos, parapléjicos, quemados, en sillas de ruedas… y una infinidad de enfermedades que desconozco por completo. Pero ante todo, me crucé con miradas. Miradas frustradas, aburridas, cansadas, tristes, perdidas, olvidadas… Hay demasiadas miradas en los hospitales.

En la recepción me paré en una máquina de golosinas. Introduje una moneda por la rendija. La chocolatina no cayó por la repisa transparente tal y como tendría que haber hecho. Le di un par de suaves golpecitos pero no respondió.

- Joder, no funciona. Dije en voz alta dando golpes más fuertes a la máquina.

- ¿Desde cuándo han funcionado este tipo de máquinas? Porque a mí nunca me ha funcionado ninguna.

Dijo una voz detrás mía. Me di la vuelta y contemplé a un chico en silla de ruedas. Le faltaba la pierna derecha y en su cabeza no tenía ni un solo pelo. Vestía con un pijama del hospital y unas zapatillas blancas, como las de los médicos.

- Supongo que tienes razón – agregué - Me llamo Dani. Dije mientras le tendía la mano.

- Yo Fran –dijo cogiendo mi mano – perdona que no me levante.

Se río. Pero yo no pude reír.

- Sé un sitio donde tienen unas chocolatinas excelentes y además gratis, ¿te vienes?

- Sí, claro. Le dije casi sin querer.

Le seguí por el largo pasillo del hospital hasta que llegamos al final.

- ¿Ves esa puerta? - dijo señalándome con el dedo una puerta a la derecha- pues ahí dentro guardan todas las chocolatinas de la máquina. Cuando se acaban, vienen aquí a por más y la rellenan. Pero nunca se acaban, porque siempre ha estado rota. Dijo con una característica sonrisa.

La puerta estaba abierta. Ni siquiera tenía cerradura. Dentro, tal y como dijo Fran, había decenas de cajas de chocolatinas, patatas fritas, caramelos y demás golosinas. El principal problema, era que estaban situadas en unas estanterías muy altas, a las que Fran sólo no hubiera podido llegar. Pero yo sí.

Nos llenamos los bolsillos de pequeños placeres comestibles y sin que nos viera nadie nos fuimos.

Por el camino de vuelta no dejábamos de reír. Mientras como verdaderos cerdos nos metíamos chocolatina tras chocolatina en la boca.

- ¿Sabes qué es lo peor de todo? – dijo Fran – cuando tienes el mapa de un tesoro pero tu cuerpo no puede desenterrarlo.

Poco a poco fui sabiendo más cosas de Fran. Como que jamás había salido de los alrededores del hospital ya que había nacido allí.

- Aquí soy de los más veteranos, a pesar de tener sólo 17 años - decía -.

Él siempre hacía bromas. Se reía de sí mismo. Yo era incapaz.

- Esta pierna que ves, la perdí en la guerra - decía partiéndose de risa - Y tengo la cabeza rapada porque soy judío y estuve muchos años en un campo de concentración nazi. Soy un autentico héroe en mi país.

No dejaba de reírse. Yo por el contrario tenía ganas de llorar.

El tiempo se pasó volando. No me di cuenta de que habían pasado más de tres horas y no había pedido la cita para el año que viene.

- Tengo que irme. Es un poco tarde y aún tengo que pedir una cita médica.

- ¿Estás enfermo?

- No, son para las pruebas de la alergia.

-Uuf, la alergia, menos mal que yo no tengo. - dijo aliviado, como si se sintiera feliz de no padecer una simple alergia primaveral y le diera igual estar enfermo desde pequeño - Yo también tengo que irme. Tienen que hacerme unas fotos. Añadió.

-¿Unas fotos? Le pregunté.

- Sí. ¿No ves que soy un héroe de guerra? Cada semana me hacen fotos en la sala de rayos. Me sacan muy guapo.

Reía y no dejaba de reir. Qué envidia. ¿Por qué era tan feliz? Nada le importaba. Disfrutaba con cada una de las palabras que salía por su boca. Su triste situación eran simples bromas para él. Supongo que algunos aman el fútbol, otros las drogas, el sexo… y Fran, a pesar de todo, amaba vivir.

Me dio tanta pena despedirme de él que le pregunté si podía venir a verle mañana.

- Tengo la agenda muy apretada, pero bueno, seguro que saco un hueco. Mañana no tengo sesión fotográfica. Respondió.

Fue la primera vez que reímos los dos juntos. Quedamos a las 12 en la máquina de golosinas. Y nos despedimos.

Al día siguiente, llegué puntual. Mientras esperaba observé como un hombre estuvo a punto de caer en la misma trampa en la que caí yo el día anterior.

- Está rota. Agregué antes de que introdujera una moneda por la rendija de la máquina de golosinas.

Al minuto llegó Fran.

- ¿Has visto mi buga nuevo? - dijo enseñándome su nueva silla de ruedas- Corre más que el de Fernando Alonso. Es una maravilla. Mira qué ruedas, y qué suspensión.

Yo no entendía nada. Apenas le veía diferencia a la silla del día anterior. Las ruedas eran un poco más anchas y la montura de otro color. Pero él se sentía un privilegiado, un autentico afortunado por tener una silla de ruedas nueva.

- Está genial. Ya me darás una vuelta. Dije.

- ¿Desde cuando los fórmula uno tienen asientos para dos? ¿No ves que sólo puedo pilotarla yo?

Era tan feliz.

Aquel día también fuimos en busca del tesoro y nos llevamos unas cuantas chocolatinas más.

- En la segunda planta, en la de quemados, hay una enfermera que está buenísima. No la veo mucho, porque no baja mucho por la planta infantil. Es la chica de mi vida.

- ¿Y por qué no subes tú? Le pregunté.

- A los enfermos, no nos dejan subir solos en el ascensor.

- ¿Y si te acompaño?

- Si me acompañas tú, sí. Dijo con una sonrisa que dejaba ver su reluciente mandíbula.  

Estuvimos buscando un rato por los pasillos de la segunda planta pero no la veíamos.

- A lo mejor hoy tiene el día libre. Dijo él.

Dimos un par de vueltas más, y cuando menos lo esperábamos, nos cruzamos con ella.

- Hola, Fran. Saludó una rubia guapísima de ojos verdes.

- Hhooo… hola. Dijo Fran, casi ensimismado.

Cuando cruzó se dio la vuelta para mirarle el culo.

- No me habías dicho que la conocías. Le dije yo.

- Es enfermera en la quimio.

No sabía que era la quimio. Días después supe que era el diminutivo de quimioterapia: Método curativo de enfermedades como el cáncer, por medio de productos químicos. Había tantas cosas que no sabía de Fran.

- Algún día me casaré con ella. Tendremos una hipoteca, un coche y un perro. Ella será mi enfermera y me cuidará en casa.

Fran quería ser normal. No quería ser famoso, ni un hombre de éxito ni tan siquiera un millonario. Él sólo quería ser normal. Pero no podía. Y se adaptaba a su vida con humor y alegría. Dicen que los genios son aquéllos que escriben grandes obras literarias, pintan estupendos cuadros o saben trasmitir a través de la música. Yo creo que los genios son aquéllos que saben adaptarse a la vida que les ha tocado vivir y son felices con lo que son y lo que tienen.

A las 2:00 de la tarde le acompañe a su habitación. Dormía solo en un pequeño cuarto con televisión y una cama.

- Este es mi palacio –dijo nada más entrar- Tengo mucha suerte de dormir solo. Además la televisión no va con monedas, como la máquina de golosinas. Fue un regalo de mi hermano.

Fran tenía familia, pero apenas iban a verle. Sus padres trabajaban todo el día y su hermano estaba en Estados Unidos haciendo un máster en administración de empresas. De vez en cuando le traían regalos. Una televisión nueva o una videoconsola. Cosas tan efímeras que se podían comprar con dinero. Pero jamás le regalaban tiempo, amor, paciencia o ayuda. Pero aun así, Fran siempre sabía sacar el lado positivo de todo.

Me explicó que allí le daban clases. Le enseñaban historia, matemáticas, literatura, química y todas las demás asignaturas. Tenía un profesor particular que venía todos los días a verle.

- ¿A qué tú no tienes tele en tu cuarto? Me preguntó.

- No, más quisiera tener una. Mentí, porque yo odio la televisión.

- Que vengan a darte clase está muy bien. No me tengo que levantar ni de la cama - dijo - lo peor de todo es que no puedo sacar chuletas, porque siempre me pilla el profesor.Reímos los dos a coro.

Entró una enfermera en la habitación. Levantó a Fran de la silla de ruedas y le sentó sobre la cama. Le puso una bandeja de comida en una pequeña mesita montable. La enfermera se marchó.

- Otra vez pescado. Aquí a los cocineros les debe gustar mucho el mar, porque bien que les gusta el pescado. No ponen otra cosa.

Me senté en una silla al lado de la cama. Fran encendió la televisión. En la pantalla se proyectó un anuncio de Burger King donde salía una sabrosa y apetecible hamburguesa.

- ¿Has ido alguna vez? Me preguntó.

- ¿Adónde?

- Al Burger King.

Para Fran ir al Burger King, era como para mi viajar a África. Jamás había comido una patata frita con ketchup ni una hamburguesa de pollo con lechuga.

- Sí, claro.

- Lo que desearía por una hamburguesa, ¿Están tan ricas como en los anuncios?

- Bueno, no te pierdes gran cosa… Dije mientras observaba como sus ojos se clavaban en las imágenes del televisor con gran deseo.

Cuando terminó de comer nos despedimos. Le dije que mañana después de las clases iría a verle. Él sonrió feliz como solía hacer siempre.

Cuando salí del instituto compré la hamburguesa y las patatas fritas más grandes de todo el Burger King.

- ¿Para tomar o llevar? Me preguntó la dependienta.

- Para llevar. Contesté.

Me sentía feliz con la bolsa de comida en mi mano. Como si fuera a descubrirle a Fran, un verdadero tesoro. Tal y como él hizo conmigo el primer día con el cuarto de golosinas.

De la bolsa se desprendía un cálido aroma a carne y a ketchup. Se me hacía agua la boca sólo de imaginar lo mucho que Fran disfrutaría con aquel manjar tan poco saludable.

Llegué al hospital y subí a su habitación donde había quedado con él. Pero allí no estaba. La cama estaba perfectamente hecha. Salí al pasillo para ver si le veía. Volví a entrar y salió de repente una enfermera del baño.

- ¿Querías algo? Me preguntó la mujer.

- Sí… estaba buscando a Fran, había quedado con él. Le tengo que dar una cosa.
La enfermera, con cara seria y triste, me miró. Como si quisiera decirme algo, pero no pudiera.

- Fran no está.

- ¿Y dónde está? Pregunté preocupado.

- Aquí ya no, ahora no sé muy bien donde estará.

No entendía la intriga de la enfermera. O al menos no quería entenderla.

- ¿Tu eres Dani, verdad? Preguntó de repente.

- Sí…

- Fran dejó anoche una nota para ti. Esta ahí. Dijo señalando la mesilla de noche.

Sobre la mesilla, había un papel escrito con una letra pequeña y borrosa.

El médico decía que tenía los días contados. Pero yo no me fío mucho de los médicos ¿Quién se va a fiar de un hombre en pijama y con zapatillas de andar por casa? Por si acaso, dejo mi herencia hecha, a ver si luego va a llevar razón y se lo va a quedar todo hacienda y el estado.

En primer lugar te dejó mi televisión, para que la pongas en tu cuarto. Te recomiendo que pongas el canal 7 a las 00.00 de la noche, hay un montón de tías como la enfermera. También te doy la silla de ruedas nueva, pero ten cuidado de no arañármela. Ya sabes que es un bólido de coleccionista. Como comprenderás, a la enfermera rubia no te la dejo, porque ella es un ángel y los ángeles tienes que estar en el cielo, conmigo.

Siento no haberte avisado antes de mi cáncer, pero estaba tan extendido que los médicos calcularon el máximo de días que me quedaba de vida. Pero soy un héroe de guerra, y los héroes de guerra no protestan, sino que sacan pecho ante las adversidades.

Espero que disfrutes tanto de mis tesoros como lo he hecho yo.

PD: Echate novia, Dani. Que te veo muy solo.

Un abrazo, Fran.

Cuando me di la vuelta la enfermera ya se había ido. La bolsa de comida se me cayó al suelo y apenas me molesté en recogerla.

Me senté en la silla de ruedas que estaba al lado de la cama. Pensativo comprendí, que el mejor tesoro que me había dejado Fran aún estaba por llegar. A veces una persona muere para que otra vuelva a nacer. Me levanté de la silla y me marché de aquel hospital para siempre. Porque yo si tenía dos piernas con las que andar. Porque yo aún tenía una vida por la que vivir. En mi rastro, sólo dejé una suave estela de palabras…

“Fran, estés donde estés, solo te deseo dos cosas: que te comas una hamburguesa del Burger King y te cases con la enfermera rubia de ojos verdes”

Daniel de Vicente