22 de Abril, 2007

Cartas de amor con una desconocida

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Cada día, cuando salgo de mi casa para ir al instituto, me cruzo en el portal con Ramón, el cartero.

- ¿Cómo va todo, Dani? Me pregunta él, mientras introduce cada una de las cartas en sus respectivos buzones.

- Aquí estamos, tirando, que no es poco. ¿Alguna carta? Le pregunto por si alguien, no sé muy bien quién, me ha escrito.

- No, hoy no. Tal vez mañana. Responde. Todos los días escucho esa frase que sale de sus labios. Y ese mañana parece no llegar nunca.

Siempre abrimos el buzón imaginando que hoy no habrá facturas, ni panfletos de publicidad, sino una carta de alguien, que con su puño y letra, se ha acordado de nosotros. Pero cuando lo abrimos nos damos cuenta de que en el buzón hay lo de siempre: facturas, recibos, publicidad y catálogos de compra.

A menudo me pregunto qué pasaría si todo lo que imagináramos y deseáramos se hiciera realidad. Supongo que la vida dejaría de tener sentido, porque alcanzaríamos la completa felicidad. Entonces no tendríamos que luchar, enfadarnos, ni entristecernos por nada. Terminaríamos cansados de una felicidad perfecta y desearíamos tener problemas y poder luchar por resolverlos. Así es el hombre: siempre quiere lo que no tiene.

Desde hace un par de semanas, me he fijado que Ramón está comenzando a echar cartas en el buzón del 4ºB. Llevan sólo un sello, pero en la solapa de la carta hay escrita la dirección de un domicilio. No he querido decirle nada a Ramón, pero el vecino del 4ºB se mudó hace más de dos años.

Aquel día, como uno más, le pregunté a Ramón si había recibido alguna carta.

- No, hoy no. Tal vez mañana, Dani.

Mis ojos atentos se clavaron en su taco de cartas, y cuando estaba abriendo la puerta del portal, dispuesto a salir, Ramón sacó una nueva carta y la introdujo en el buzón del 4ºB.

- Hasta mañana, Ramón. Dije observando el paradero de esa carta.

- Adiós. Me respondió él.

En el instituto me pasé todo el día distraído, sin enterarme de ninguna de las explicaciones de clase. Viviendo una vida paralela que no tenía nada que ver con la realidad. Imaginando, quién podía escribir a aquel vecino, del cual apenas recuerdo su cara. Lo poco que recuerdo es que se le veía muy poco por el vecindario y no entabló amistad con nadie. Un buen día se mudó y nadie volvió a saber nada más de él. La casa aún sigue en venta.

Cuando sonó el rutinario timbre a las 2.05, salí del instituto lo más rápido posible para llegar a casa. Cuando llegué al portal, me fije en el nombre del vecino que estaba escrito en el cartelito del buzón: Álvaro Martínez. Me desilusioné un poco ante un nombre y unos apellidos tan comunes. Me hubiera gustado encontrarme algún nombre extraño, de famoso, extranjero o asesino en serie. Pero mi imaginación siempre me juega muy malas pasadas.

Observé, deslizando mi mirada por el interior de la rendija del buzón, unas 8 ó 9 cartas sin abrir. ¿De quién serán? ¿Qué pondrán? ¿Las habrá leído alguien? Decenas de preguntas llegaron como un torbellino a mi cabeza. Pero ni una sola respuesta.

Robar cartas ajenas es un delito penado con la cárcel. Pero sentir como tu cuerpo te pide que las cojas y las leas todas, es una tentación irresistible. Miré hacia la puerta y a la escalera, comprobando que nadie apareciera en el momento de mi delito. No había nadie a la vista. Introduje mis finos dedos de la mano derecha por la rendija y acaricié, como si se tratara de un tesoro, la textura del sobre. Intenté meter la mano para poder sacar a modo de pinza, con mis dedos, las cartas, pero al forzar la situación, para mi sorpresa, la puerta del buzón se abrió sola. Estaba rota. Todas las cartas se cayeron al suelo y yo, muy asustado, las cogí corriendo y cerré la puerta del buzón, tal y como estaba antes. Subí deprisa las escaleras, pero a mitad de camino, volví sobre mis pasos y con el puño de la camiseta, limpié las huellas dactilares que habían quedado en la puerta metálica del buzón. Acto seguido subí corriendo hasta llegar a casa y con un suspiro, cerrar la puerta.

Mis padres trabajaban hasta tarde y mi hermana salía una hora más tarde del instituto, así que tranquilo, me tiré sobre la alfombra del salón y comencé a ojear aquellas cartas. Todas eran de la misma persona, una tal María Díaz que vivía, según constaté por la dirección, en un barrio muy cercano al mío.

Abrí la carta de fecha más antigua, y saqué un papel con márgenes y cuadritos, escrito con una letra estirada, de color negro y poco legible. Decía así:

“Querido Álvaro:

No entiendo por qué un buen día, sin explicación, te fuiste. Los dos lo hemos pasado mal y sé que tú querías tener un hijo, pero ya sabes lo que dijo el médico, respecto a mi enfermedad. Podríamos haber adoptado uno, niño o niña, y haberle tratado como a nuestro verdadero hijo. Pero tú querías ver nacer a un bebé de mi tripa, aunque supieras que eso podía ser muy perjudicial para el recién nacido.

Sabes que yo siempre quise ser profesora. Adoraba a los niños, como tú; pero esta enfermedad fue de mal en peor. Estos últimos meses sin ti, apenas he podido salir de casa.

Sé que te iba mal en el trabajo. Aguantaste horarios infrahumanos y sueldos miserables para que pudiéramos salir adelante. Tú también tenías sueños, querías ser actor. Recuerdo la primera vez que te vi, en aquel escenario en la obra anual del colegio, vestido de Robin Hood, con el sombrero y aquellas prendas, que tú mismo te cosiste e hiciste con las ropas usadas que la gente llevaba a la parroquia.

A menudo recuerdo momentos felices, aunque la mayoría hayan sido difíciles y tristes. Sé que estuviste a mi lado mucho tiempo, aguantando una enfermedad que empeoraba con el tiempo y que sólo se curaría con una operación que no podíamos, ni podemos pagar.

De adolescentes soñábamos con vivir en una casa grande, con varios hijos y un perro. Salir de aquel barrio de obreros donde los taxis por la noche no se atrevían a entrar por miedo a lo que les podía pasar. Pero jamás salimos. Terminamos en una pequeña y antigua casa, en el mismo barrio, con la misma gente y con los mismos sueños imposibles.

Te escribo porque necesito contarte todo lo que siento y lo que ya no te puedo decir. Tu mejor amigo, Paco, me dijo que te mudaste al barrio de al lado, y que alquilaste un piso. Él me dio la dirección, aunque le advirtieras que no me la diera, si le preguntaba. Te seguiré escribiendo y contando cómo va todo.

Tu María, que aún te quiere.”


Disfruté más leyendo aquellas cartas, que una novela o un cuento de cualquier escritor de éxito. ¿Y sabéis por qué? Porque eran reales. No eran sentimientos construidos para personajes, ni situaciones creadas para una historia, sino las palabras sinceras de una mujer que escribía al hombre de su vida. Y eso es mejor que cualquier obra literaria.

Las leí todas varias veces. Pasaba por cada una de sus palabras e imaginaba aquella mujer con el bolígrafo en mano, escribiéndolas. Con algo de pena, volví a leer la última:

“Querido Álvaro:

Ésta es la décima carta que te escribo y aún no he obtenido respuesta. Sé que las estás leyendo porque correos no me ha devuelto ninguna.

Ayer me volvió a dar un ataque, creo que estoy perdiendo algo de memoria. El médico me atendió. Dijo que es muy probable que en un par de meses no recuerde nada de lo que ha pasado a lo largo de mi vida. Lo más seguro es que me ingresen en una residencia pública y que no nos volvamos a ver jamás. Conservo la fe en que vuelvas y me escribas.

Llevo más de cuatro meses sin salir a la calle. La vecina de enfrente me trae la comida y los sellos que le pido, no necesito más. Sólo salgo de casa para ver el buzón y del buzón vuelvo a casa. Lo miro todos los días para ver si han llegado esas cartas que no me has contestado, pero sólo hay publicidad. Facturas no, porque me quitaron la luz y el agua hace varias semanas y tengo velas en todas las habitaciones. La vecina me trae garrafas de agua de la fuente. Mañana como cada día volveré a mirar el buzón, esperando tus cartas, esperándote a ti.

Tu María, que te quiere más que nunca”

Sólo yo, un pequeño ladrón de cartas privadas, había leído aquellas cartas tan emotivas y sinceras. Estaba en deuda con María. Ahora formaba parte de aquella historia. Pero, ¿qué podía hacer?

Escribir.

Cogí una hoja en blanco y un bolígrafo azul. Comencé a escribir, tirado en el suelo de mi salón, rodeado de todas las cartas.

“Querida María:

Nunca te pude explicar la verdad. Ayer vino a verme a la cárcel, Paco. Era la primera vez en dos años que tenía una visita. Me trajo diez cartas que había cogido del buzón de la casa que alquilé. Es difícil explicarte todo lo que pasó, pero lo único que tengo es tiempo y ganas de escribir, así que allá voy:

Alquilé una casa en el barrio de al lado. Allí fue donde planeé el atraco. Sí, atraqué una joyería y me cogieron. Cada día que pasaba te veía peor. Andabas muy despacio y sabía que en un tiempo dejarías de caminar. Tu memoria comenzaba a fallar en pequeños detalles, como por ejemplo: no saber distinguir entre la sal y el azúcar. Echabas sal a los pasteles que hacías los fines de semana y azúcar a las lentejas de los lunes.

Yo no podía verte así. Eras la única persona que tenía en mi vida después de la muerte de mis padres y yo te amaba y te amaré hasta el final de mis días. No podíamos hacer otra cosa, nadie quería ayudarnos y la sanidad pública no paga una operación de tal calibre.

El día que me fui temprano por la mañana, pensaba regresar. Pero no solo, sino con un maletín lleno de dinero, después de haber vendido todas las joyas robadas. Robin Hood, sí, el primer personaje que tuve como actor, decía que había que robar a los ricos para dárselo a los pobres. Y eso iba a hacer yo.

Nosotros no íbamos a ir al Caribe de vacaciones, ni siquiera íbamos a comprar una casa nueva. Sólo quería pagar la operación que te salvara. Pero todo salió mal. Había acordado con unos hombres las ventas de las joyas, y después de escapar con una furgoneta robada y llegar al sitio donde habíamos acordado, me tendieron una trampa. Me dieron una paliza y se llevaron todas las joyas. No me dieron nada de lo pactado.

Las sucesivas noches dormí en la casa alquilada. Me pasaba los días llorando, sin salir de esas cuatro paredes. Pensando en ti. Pensando en cómo podía devolverte la vida. Una mañana decidí ir a verte, pero cuando llegué a la esquina de nuestra casa, vi a varios policías a punto de subir en mi busca. Allí me arrestaron. No pude verte por última vez y ahora estoy en la cárcel. Diez años de prisión.

No te olvides de esto nunca: te quiero igual que el primer día y que ese último día que no pude despedirme de ti. Cuando salgas de la cárcel, no te acordarás de mí; pero yo de ti, sí. Te besaré como en aquel primer beso que nos dimos detrás del escenario del salón de actos del colegio, donde interpretaba a Robin Hood. Mientras tanto, te escribiré cada día para saber que los dos seguimos vivos, amándonos.

Tu Álvaro, que dio todo por ti y lo volvería a dar.”

Leí la carta un par de veces. La metí en un sobre y pasé mi lengua por la solapa, para que se pegara. Le puse un sello y ambas direcciones. Salí a la calle y la eché en el buzón de correos. A veces es mejor una mentira cómoda, que una verdad incómoda. Cuando la realidad no existe, debemos crear una ficción que la supla.

A los pocos días volví a encontrarme en el portal con Ramón. Le saludé y pasé de largo, sin decirle nada más.

- ¿Hoy no me preguntas si has recibido alguna carta? Preguntó él, extrañado.

- No, hoy no. Dije mientras sonreía, contento, porque María había contestado y Ramón se disponía a echar la carta por la rendija del buzón del 4ºB.

- Seguro que mañana te llega alguna.

- Sí, seguro. Le respondí automáticamente, mientras me marchaba.

Esperé fuera hasta que Ramón se marchó del portal. Cuando le vi irse, entré de nuevo en mi portal, y saqué la carta de María. Subí a casa y la abrí.

“Queridísimo Álvaro:

Paco jamás me comentó nada. Supongo que lo hizo porque tú le dijiste que no me dijera nada, queriendo evitar el dolor de saber que estabas en la cárcel por mí. Eres tan bueno. Creo que eso que hiciste por y para mí, demuestra nuestro amor incondicional por encima de cualquier cosa. Ni la muerte, Álvaro mío, podrá con nosotros.

Sé que cuando salgas de la cárcel, vendrás a verme. Yo no sabré quién eres, pero cuando no te reconozca; cuando no sepa tu nombre; lee estas palabras y recuerda que aunque no me acuerde de ti, te amo como aquel día de nuestro primer beso detrás del escenario, donde la profesora de matemáticas, Margarita, nos pilló.

Cada día me cuesta más levantar el bolígrafo. Voy muy despacio, tardo mucho en redactar una frase y a veces necesito decirte tantas cosas que antes de escribirlas, ya se me han olvidado.

Nunca podré olvidarte porque te amo. Casados y sin hijos, sólo nos queda dar nuestro amor a estas cartas. Ese amor que le hubiéramos dado a él. No dejes de escribirme.

Tu María, que te espera con una sonrisa dentro de diez años.”

Me dieron ganas de llorar. De llorar como un bebé recién nacido. Nunca pensé que algo que había hecho pudiera levantar la moral de una persona de esa manera. Aquel día no iba a ir al instituto. Tenía una tarea más importante. Me pasé toda la mañana escribiendo una nueva carta para María. Después escribí una poesía y lo metí todo dentro del sobre. Busqué un sello por casa, pero no encontré ninguno.

Cogí el sello de la primera carta que me escribió y decidí ir a echarla yo mismo a su buzón. No se daría cuenta de que era un sello usado. La principal razón por la que me dirigí, según la dirección de la carta, a su casa, no era simplemente por no tener un sello; sino por esa sensación que te produce entregar algo que sabes que va a hacer feliz a una persona. Quería ser yo quien dejara caer mi sobre en su buzón e irme corriendo, como un cupido mentiroso que iba creando historias de amor que no existían, pero hacían feliz a la gente.

Llegué al portal que estaba abierto y entré. Busqué el buzón de María, que vivía en el bajo, y dando un suave y vergonzoso beso al sobre, lo dejé caer por aquella rendija, que cada día volvía a enamorar a María.

Mientras la echaba, oí una puerta que se abría y una señora dijo algo:

- Espere, espere, cartero. Quiero darle una carta para que me la envíe, si me hace el favor.

Una mujer en bata, de unos 45 ó 50 años, algo deteriorada me vio echando la carta.

- ¿Tú no eres el cartero, no? Preguntó con tono preocupado.

La mujer, con un rostro muy diferente al de su primera frase, se acercó despacio hacia el buzón y lo abrió. Mientras tanto yo, permanecía inmóvil, pensando en correr, pero sin mover un solo músculo. Asustando por una parte e impresionado por otra al ver como aquella mujer, a la que había estado leyendo y escribiendo, era real.

Abrió con una pequeña llave el buzón y con una sonrisa, vio la carta.

- Estoy enferma, muy débil, pero no soy tonta. ¿Eres tú, verdad? Dijo mientras me la mostraba.

No supe decir nada. Supongo que mi rostro me delató.

- Ya decía yo que mi Álvaro era un asustadizo, y que jamás sería capaz de robar en una joyería. Si el pobre era asmático y además no sabía conducir. Pero eso sí, era un golfo de mucho cuidado. Tenía más amantes que pelos en la cabeza. Era medio calvo.

De repente la mujer cambió la expresión y sonrió.

- No dejes de escribirme, por favor. Tienes una letra preciosa.

Nota de autor: Mañana, 23 de Abril, es el día mundial del libro. Hace justo un año escribí un pequeño artículo sobre este día. Pensé en volver a reescribirlo porque la verdad es que a día de hoy le veo bastantes fallos. Pero al final he decidido dejarlo tal y como lo escribí por aquel entonces, cuando comenzaba mis andadas en el mundo de la escritura. Si quieres leerlo pincha aquí.

Daniel de Vicente

14 de Abril, 2007

¡Quiero volver a ser un niño!

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Sólo es un día más. Un número cualquiera en el calendario que pasa desapercibido para todo el mundo. A menudo llueve, otras veces sale un tímido sol primaveral, y otras muchas, las nubes tapan un hermoso cielo azul. Pero el día en que nací, lucía un radiante e intenso sol, nada típico de Abril.

Mi madre suele contarme, casi siempre a escondidas, susurrando en voz baja como si fuera un secreto, el día en que nací. Al parecer, después de que las comadronas me limpiaran y me vistieran, mi padre me cogió en brazos y me acercó a la ventana del hospital.

- Mira, hijo, en que día más bonito has nacido. Dijo clavando su pupila en la mía y mostrándome el mundo que ahí afuera me esperaba.

Daría lo que fuera por haber tenido por aquel entonces, en mi primer día de vida, uso de razón, para acordarme de aquel instante: la primera frase que mis oídos captaron, aunque no entendieran nada. Siento algo parecido cada 11 de Abril, supongo que no tan sobrecogedor como aquel instante, cuando mi madre me relata con una sonrisa y unos emotivos ojos, aquella escena.

Cada vez que escucho atento sus palabras, añoro aquellos tiempos de mi niñez en los que aún no me daba vergüenza darle un abrazo. A veces imagino sus arropadores brazos rodeando mi cuerpo. Vuelvo a ser el niño que fui cuando esa bonita imagen se proyecta en mi mente.

La diferencia entre la niñez y la adolescencia, es que en esta última no siempre dices lo que piensas. En la niñez, sí. Apenas te importa lo que vayan a pensar lo demás, o si lo que vas a decir es una tontería. Necesitas expresar tus sentimientos. Cada pensamiento que fugazmente pasa por tu cabeza, lo dejas escapar, sin miedo a que se pierda entre la incomprensión y la poca ingenuidad de un mundo de adultos.

En mi decimoséptimo cumpleaños, una extraña fuerza me impedía acercarme a mi madre y darle un abrazo, como años atrás solía hacer. Pero ya no era un niño, ahora formaba parte de una realidad que me impedía actuar como mi corazón, al compás de sus latidos, me dictaba.

Me levanté como un día más, pero cuando cumples años, algo por dentro te dice que ese día tiene que ser especial. Con esa fuerte sensación, vino mi madre a felicitarme y a darme un beso.

- Gracias, mamá. Le respondí, sin apenas mirarla, mientras buscaba entre mi desordenado armario la ropa que me iba a poner.

La felicidad sólo es capaz de atrapar en su burbuja a los niños, porque ellos son los únicos que son capaces de tener fe en una palabra de nueve letras. Según te haces mayor, te preocupa más qué te vas a poner para salir a la calle, que ver la sonrisa única de tu madre al felicitarte.

Salió del cuarto y se marchó. Entonces sentí como un frió y una enorme lejanía se apoderaba de mi habitación. Siempre dejo pasar los mejores momentos de mi vida. Aquellos que nunca soy capaz de vivir, pero que termino recordando día tras día.

Cuando llegué a la cocina, vi sobre la mesa una tarta de bizcocho rellena de fresas, que mi madre había preparado por mi cumpleaños (sí, la de la foto). En aquel instante, volví a vivir de nuevo todos mis cumpleaños, pero sólo como un espectador más. Cuando necesito recuperar mi felicidad, vuelvo a los años de mi niñez, donde hallo los momentos claves que dan sentido a mi vida.

Cada año de mi infancia, mi madre cocinaba una riquísima y enorme tarta que con el cariño de sus manos y la originalidad de sus neuronas, sólo ella era capaz.

Pero eso no era todo. No sólo hacía tartas por mi cumpleaños -y por supuesto, por el de mi hermana- sino que también, hacía tartas por los cumpleaños de todos mis muñecos. Mi época no se caracterizó por juguetes como los Madelman, o los soldaditos de plomo, sino por algunos más modernos como: los Playmobil (de los cuales mi padre, siempre ha sido aficionado y creo que se sentía más feliz él que yo cuando me compraba uno) y los Action Man.

Con esos juguetes, me pasaba todas las tardes inventando personajes, historias y aventuras que, más tarde, sin darme cuenta, sustituí por un bolígrafo y un papel. Mi imaginación no nació en los libros, ni en las cuartillas, sino en como era capaz de convertir mi cuarto en un campo de batalla medieval del siglo XIII con un par de muñecos y una caja de zapatos. Es por ello que aquellos muñecos, que descansan en cajas y baúles olvidados, fueron las primeras víctimas de mi fervorosa imaginación.

Los colocaba a todos en la mesa de la cocina de mi antigua casa. Los más pequeños en la primera fila -Playmobils- y los más altos -los Action Mans- en las de detrás. Mi hermana, que por aquel entonces tendría unos 5 ó 6 años -ahora tiene 12-, traía a sus muñecas -esas rubias, con cuerpo de top-model y pechos enormes, sí, las Barbies- y las colocaba en la mesa. Entonces mi madre sacaba del horno la tarta que había estado preparando toda la tarde. Y todos -incluidos los muñecos, que para mí siempre tuvieron vida- la mirábamos con grandes ojos. Mi madre llenaba toda la tarta de velas, porque había muchos muñecos y por tanto, muchos cumpleaños, que casualmente todos los cumplían el mismo día. Y los tres cantábamos el ya mítico cumpleaños feliz y soplábamos una y otra vez las velas. Lo mejor de todo, era cuando cortaba un trocito pequeño de tarta y se lo intentaba meter por la boca a uno de los muñecos.

- Mamá, no quiere abrir la boca, no tiene hambre. Tendremos que comérnosla nosotros solos. Decía yo con una sonrisa hambrienta.

Ella se reía. Mi hermana y yo saboreábamos esas tartas de bizcocho con nata, frutas, guindas, caramelo y una cantidad de sabores dulces que dejaban completamente satisfecho nuestro paladar.

Los muñecos, como tantas otras cosas de mi infancia, poco a poco fueron desapareciendo. Pero jamás la imaginación de mi madre, que sospecho, terminó donándome.

En los días calurosos de verano, salíamos a la terraza a comer. Mi madre nos decía que estábamos en medio del desierto, como Indiana Jones –mi héroe favorito de la infancia- y que teníamos sólo una cesta de comida. De la cesta, comenzaba a sacar alimentos como un tesoro único. Abría los ojos y con delicadeza comenzaba a poner cada alimento sobre el mantel del suelo. Nosotros, maravillados por aquellos únicos alimentos de todo el desierto, abríamos todavía más los ojos y la mirábamos exhortos, como si fuera Mary Popins y estuviera sacando una cosa tras otra de su interminable bolso.

Cuando terminábamos de comer, mi madre de repente, decía:

- ¡Mirad, mirad, una culebra!

- ¿Dónde? Preguntábamos aterrados con la inocencia que sólo un niño tiene, mirando hacia nuestro alrededor.

- ¡Ahí, ahí! -gritaba ella, señalando entre mis piernas- Corred, cojamos todas las cosas y llevémoslas al jet -que en este caso, era la cocina-.

Nos levantábamos corriendo. Metíamos el mantel y todos los restos de la comida en la cesta y lo llevábamos todo a la cocina.

- Ya estamos a salvo. -decía suspirando mi madre cuando llegábamos a ella-.

Nosotros sonreíamos. Era increíble. Era capaz de conseguir lo que ninguna madre ha conseguido nunca: que sus hijos quiten la mesa en menos de 10 segundos. Y lo mejor de todo es que nos lo pasábamos genial.

En invierno, cuando no podíamos salir a la terraza a plantar nuestro camping en mitad del desierto, teníamos que comer en la cocina.

- ¿Qué hay para comer? Le preguntábamos a mi madre cuando llegábamos del colegio.

- Lentejas. Respondía ella.

Mi hermana y yo protestábamos, gruñíamos y maldecíamos a las dichosas lentejas una y otra vez, delante del plato. Pero no por mucho tiempo, enseguida mi madre nos volvía a sorprender.

- Pero, ¿qué os pasa? Preguntaba ella.

- Que no nos gustan las lentejas. Decíamos a coro nosotros.

- ¡Ah!, ¿no? Bueno, no pasa nada. Abría uno de los armarios y sacaba un frasco transparente vacío.

- ¿Sabéis lo que es esto?

- ¿El qué? Preguntábamos nosotros con poco entusiasmo, revolviendo las lentejas con la cuchara.

- Son los polvitos mágicos.

- ¿Y eso qué es? Le preguntaba yo.

- Son unos polvitos que me ha traído un mago de unas tierras muuuy lejanas, que cuando los echas en la comida, sabe bien.

Mi madre abría la tapa del frasco, despacito, con movimientos delicados, y metía sus dedos en el contenido vacío del tarro. Entre las yemas, sacaba unos polvos invisibles que nos comenzaba a echar sobre las lentejas.

- ¿Por qué son invisibles, mamá? Preguntábamos.

- Porque las mejores cosas de esta vida, son invisibles.

Acto seguido mirábamos las lentejas y comenzábamos a comérnoslas. Cucharada tras cucharada, casi no nos daba tiempo ni a respirar. Al rato, cuando nos cansábamos, pedíamos más polvitos mágicos y mi madre, con el mismo entusiasmo del principio, nos volvía a echar. Y seguíamos comiendo, así hasta que terminábamos y decíamos:

-¡Qué buena estaba la comida, mamá!

- Recordad -decía ella mientras nos guiñaba el ojo- son los polvitos mágicos.

Cuando llegaba carnaval, siempre le pedía a mi madre que me hiciera un disfraz para la fiesta del colegio. El primer año se pasó una semana entera cosiendo y diseñando un traje de Indiana Jones, que como ya os he dicho, era mi personaje de ficción favorito. Hizo una cazadora de cuero, un sombrero a juego y unos pantalones de pana marrones. Yo siempre la veía con la máquina de coser, y con un montón de telas sobre la mesa. Unos días antes de la fiesta, mientras jugaba en mi habitación, me llamó. Fui al salón, donde para mi sorpresa me encontré sobre la mesa un traje idéntico al de mi adorado héroe.

- ¿Cómo lo has hecho, mamá?, ¿cómo lo has hecho? Gritaba yo lleno de felicidad mientras vislumbraba mi particular tesoro.

Ella siempre sonreía. La sonrisa es el lenguaje de la felicidad.

Los sucesivos años, me disfrazó de heavy metal, de médico, de albañil y de un largísimo etcétera. Todos mis compañeros se quedaban con la boca abierta cuando me veían con esos disfraces tan ingeniosos y bien confeccionados.

- Me lo ha hecho mi madre. Decía yo orgulloso, viendo sus trajes comprados en tiendas.

Al rato, me di cuenta de que llevaba más de 10 minutos observando mi tarta, sin apenas haber probado bocado.

Cuando nadie me veía, le puse una única vela a la tarta y con un mechero la encendí. Desde hacía algunos años, había pedido el mismo deseo: dedicarme algún día, por completo, a escribir. Pero aquel año pedí uno totalmente diferente:

“¡Quiero volver a ser un niño!” Repetí mentalmente con los ojos cerrados.

Soplé la vela y se apagó. El fino humo comenzó a formar una espiral en el aire, hasta que desapareció de mi vista. Corté un enorme trozo de tarta y con una cuchara comencé a llevarme trozos a la boca.

Mi madre entró en la cocina.

- ¿Te gusta la tarta? Preguntó ella con una sonrisa.

- Esta buenísima, mamá. Cada 11 de Abril, vuelvo a ser un niño gracias a ti.


Daniel de Vicente


Dedicado a la persona que más me quiere en el mundo: mi madre.

Notas de autor: El 7 de Abril, Escribir es vivir cumplió un año en la blogosfera. Por otra parte, gracias a un lector que me agregó al Messenger, me enteré de que la revista “DT” había hecho una captura de imagen de mi blog como ejemplo, en un reportaje, de cómo crear un blog. Aquí está la foto (no tengo escáner) de la imagen de mi blog en dicha revista.

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Es una revista de actualidad con fotos eróticas. Casi no me la venden en el quiosco cuando me vieron cara de niño.

No sólo yo y mi blog cumplimos años, Damaris, fiel lectora de este blog desde hace algún tiempo, casualmente también cumplía años el 11 de Abril. Concretamente 24. ¡Felicidades Damaris! Esta mañana nada más abrir el buzón, he encontrado un regalo de ella: el libro “El caballero de la armadura oxidada” ¡Muchísimas gracias!

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Pero aún me queda un regalo más (lectores como estos, da gusto), otra lectora, llamada Alba, me pidió una foto mía para dibujarme como regalo de cumpleaños. Ella pinta genial para la edad que tiene, pero he de decirte algo Alba: soy más guapo que en el dibujo :) ¡Muchísimas gracias!

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4 de Abril, 2007

Frenesí

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En cuanto la vi, supe que tenía que conocerla. La encontré una tarde de primavera paseando por Madrid, refugiada bajo sus negras gafas de pasta. Yo caminaba sin rumbo, intentando huir de mi soledad, cuando ella se cruzó en mi camino. Caminaba despacio con la mirada perdida en el suelo. No sabía quién era. No sabía cómo se llamaba. Pero me había enamorado de ella.

Si hubiera sabido que la estuve persiguiendo durante más de media hora por las diferentes calles de Madrid, hubiese pensando que estaba loco, o que era un pervertido. O las dos cosas.

Es difícil explicarle a una completa desconocida que, te has enamorado de ella. Que desde que la has visto, no has podido apartar la mirada de sus ojos. Que cuando camina, desprende una fragancia mortal que se apodera de cada parte de tu cuerpo y te vuelve vulnerable. Que no es amor a primera vista, pero tampoco a segunda. Que simplemente, es un frenesí.

No me podía ir sin conocerla. Si dejaba pasar esa oportunidad, jamás volvería a verla. Necesitaba un plan. Tenía que conseguir que se fijara en mí y creyera que todo había sido de forma inusual. Es duro enamorarse de las chicas que pasean por Madrid.

Le seguí a unos tres o cuatros metros de distancia. Sólo le veía la espalda, pero era tan hermosa… Parecía de otro planeta, como si el mundo a su alrededor no le perteneciera y viviera en un mundo imaginario donde sólo existía ella. Al rato, se paró delante de una tienda de comics y después de mirar el escaparate, entró. Había llegado a su destino.

Esperé un rato fuera, para no levantar sospechas. Acto seguido entré en la tienda. Cuando entras a una tienda de comics eres consciente de haber dejado el planeta tierra y habitar un planeta fantástico, underground, que tú y nada más que tú, controlas.

Las tiendas de comics son semejantes a los cines porno. La gente jamás levanta la vista para observar a los demás. Los compradores habituales no acuden en grupos, sino individualmente, bajo ideologías y vestimentas que sólo ellos entienden.

Fue directa a uno de los estantes que estaban situados a la izquierda de la tienda. Anduvo buscando entre las estanterías y al rato, con una sonrisa en los labios, sacó un fino ejemplar. Parecía muy feliz, como si hubiese encontrado un tesoro, un diario secreto o un boleto ganador de lotería. Soltó el comic durante un instante, mientras acudía a preguntar algo al dependiente.

Fue entonces cuando entré en escena y me convertí en protagonista de aquella historia. Era mi oportunidad. Mi única oportunidad. Ahora o nunca, me dije a mí mismo.

Con paso ligero me acerqué al estante y como quien no quiere la cosa, sustraje cuidadosamente el comic que la chica de las gafas de pasta acababa de devolver a la estantería. En cuanto las finas tapan tocaron mi mano, la chica dejó de hablar con el dependiente y se acercó, algo triste, hacia mí. Hasta ese momento no supe lo que era enfrentarse a una lectora de comics, pero ahora ya lo sé. No se lo recomiendo ni a mi peor enemigo.

- Oye, oye, eso es mío -dijo con la mirada clavada en el comic mientras se acercaba a mí-

- ¿El qué? Dije haciéndome el imbécil.

- Eso -gritó, señalando el comic-

- Lo siento, lo voy a comprar -Le contesté-

- No, por favor, no… -dijo con tono preocupado- llevo esperándolo mucho tiempo… lo tenía yo… he ido un momento a preguntarle al dependiente cuándo saldría el próximo número.Observé el comic, que por cierto era de Spiderman, y fingiendo como un auténtico actor profesional, contesté:

- Bueno, mira, podemos hacer una cosa. Tú lo compras -le dije mientras le entregaba el comic- y yo te invito a tomar algo, ¿te parece?

Ella Sonrió. ¡Bingo!, gritó una vocecita dentro de mí. No me gusta ser tan malo con las chicas, pero no me dejan otra opción. Si te acercas sin conocerlas y la invitas a una copa, posiblemente pasen de largo o te suelten un tortazo. A veces hay que fingir, soltar pequeñas mentirijillas para que te hagan caso.

Acompañé a Elena, como dijo que se llamaba, hasta la caja y después de pagar el comic, salimos de la tienda. Por el camino me dijo que le había salido más caro de lo que pensaba. Le contesté que al que le había salido caro todo aquel asunto era a mí, que encima tenía que invitarla a tomar algo.

Creo que le gusté. No dejaba de mirarme mientras hablaba. Cuando nuestras miradas se encontraban, ella apartaba la suya rápido, como si sintiera vergüenza.

Nos sentamos en una cafetería. Se extrañó mucho cuando pedí una botella de agua.

- Es que soy un chico muy sano -le dije-

Volvió a sonreír. Tenía una sonrisa preciosa, de anuncio de dentrífico.

Detrás de las gafas de pasta, había unos ojos verdes intensos; un pelo rizado marrón, recogido en un perfecto moño. Sus labios parecían arcilla moldeable a los que un alfarero hubiese dado forma. Imaginé como las yemas de mis dedos moldeaban sus labios.

- ¿Tengo algo en los labios? -dijo limpiándoselos con una servilleta-

- No, no… -dije con algo de vergüenza- Sólo los estaba mirando, son preciosos.

Se ruborizó un poco y tuve que cambiar rápido de tema, antes de que a mí también se me saltaran los colores.

- Me gustan tus gafas de pasta. Yo también tengo unas. -dije-

- Ah, ¿sí? A ver, pontelas.

- Ya las llevo puestas -contesté-

- Pues yo no las veo -se rió-

- Es que son invisibles. Tienes que imaginarlas.

Elena frunció el ceño y se quedó un rato mirando mi rostro, como si estuviera imaginando una montura de gafas sobre mis ojos.

- Ahora las veo -dijo- ¿Nunca te han dicho que te pareces a Peter Parker, pero en rubio?

- Sí, llevo el traje de Spiderman debajo de la ropa, por si tengo que salvar a alguien, ya sabes.

Los dos reímos. Al rato, Elena me miró y me formuló una pregunta que le había estado rondando por la cabeza desde que nos conocimos.

- Y tú, Dani… ¿en qué crees?

- ¿En qué creo? -pregunté sin entenderla muy bien-

- Sí, todo el mundo cree en algo: en Dios, en el dinero, en el amor, en el sexo, en el éxito… En algo tienes que creer.

- Yo creo en el frenesí. -le respondí-

- ¿Y eso qué es?

- Esto.

Me acerqué a darle un beso y nuestros ojos se cerraron mientras mis labios, desesperados y hambrientos, comenzaron a moldear los suyos apasionadamente…

 

Daniel de Vicente

 

31 de Marzo, 2007

¿Qué será de mí?

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El desternillante sonido del despertador me devolvió a la realidad, mientras mis parpados se abrían al unísono del pitido constante, y mis sueños se esfumaban entre los rayos de sol que se filtraban por los agujeritos de mi persiana.

Tanteando mi mesilla de noche, pulsé el botón que calló el ruido del despertador. Me quedé un par de minutos en la cama con los ojos abiertos y las sábanas sobre mi cuerpo.

La melodía monótona de las agujas de los relojes me pone nervioso. Muy nervioso. Cada tic tac es un paso más hacia el futuro. Ese futuro que aparece como un túnel oscuro en el que no soy capaz de encontrar ninguna luz que me guíe en el camino. Los relojes son como ese hermano/a, primo/a o sobrino/a que siempre en algún viaje familiar no para de repetir: ¿Hemos llegado ya? ¿Hemos llegado ya? ¿Hemos llegado ya?

Después está ese sonido punzante y desagradable que borra de tu mente los sueños y pesadillas más extravagantes y asombrosas que puedas imaginar, para chillando decirte que, empieza un nuevo día. Un nuevo día real.

Aquella noche había tenido un sueño muy raro. Cuando nos levantamos por la mañana nunca nos acordamos de lo que hemos soñado la noche anterior. A veces retenemos pequeñas escenas borrosas, casi siempre surrealistas, sin sentido, que olvidamos en seguida. Otras veces, recordamos frases sueltas o la sensación que nos ha producido ese sueño. Incluso a lo largo del día, algunas de nuestras acciones nos hacen recordar algunos datos. Pero yo aquella mañana recordaba con especial precisión mi sueño.

Con la mirada perdida en el gotéele del techo, comencé a visualizar, como si aún estuviera soñando, el sueño de la noche anterior:

Como cada día, me desperté una mañana más. Me levanté de la cama y entré en el baño para hacer mis necesidades rutinarias. Pero al mirarme al espejo, me vi viejo, mayor. Con 15 ó 20 años más de los que tengo ahora. No tan rubio, algo más moreno de cabello. Con bastantes más kilos y con barba de tres o cuatro días. La primera impresión a simple vista fue alarmante. Era como si estuvieras viendo a un completo desconocido que guardaba pequeñas características físicas contigo. Sentí pánico al ver como de un día para otro me había convertido en una persona mayor. En un adulto. Yo no quiero crecer, quiero ser siempre un adolescente esquizofrénico e imaginativo, con granos en la cara, que no distingue entre la realidad y la ficción. Quiero ser como Peter Pan y vivir en el País de Nunca Jamás, ser siempre un niño.

El sueño continua cuando salgo del cuarto de baño, asustado, nervioso, intentado huir de mi propio reflejo, de mi propio futuro. Pero al abrir la puerta, el pasillo y las habitaciones de mi casa han desaparecido y lo único que hay son espejos por todas partes; de todos los tamaños, con todas las formas, en todos los sitios. Espejos que, como las agujas de los relojes avanzan lentamente, pero sin demora. Mirara a donde mirara, allí me veía. Veía a esa persona que algún día seré.

De repente los espejos comenzaron a cobrar vida. Mi casa, mi hogar, desapareció por completo y todo se sumió en una gran esfera rodeada de espejos que con paso firme se acercaron hacia mí. Poco a poco iban conquistado mi terreno. Yo miraba a todos lados, hacia delante, hacia atrás, intentado buscar una salida por la que escapar. Pero no existía. No podemos escapar del futuro. A cada paso que daban los espejos se oía un lento tic tac, que poco a poco se hacía más sonoro, según se iban aproximando hacia mí. Hasta verme rodeado por cientos, qué digo cientos, miles de espejos, que estuvieron a punto de invadirme, si no fuera porque en ese preciso momento, sonó el despertador.

Mi madre entró en el cuarto gritándome que si no me levantaba iba a llegar tarde al instituto. Subió la persiana y la luz del día penetró en mi habitación apoderándose de cada rincón de oscuridad.

- Me duele la tripa, mamá -Mentí-

Decidí ponerle la excusa de la tripa porque la del dolor de cabeza era difícil de creer. Hubiera bastado con que me hubiese puesto un termómetro para darse cuenta de que, a pesar de los muchos sudores que aquel sueño me había producido, estaba en perfecto estado.

Mi madre me dejó en la cama, no si antes prepararme uno de esos jarabes de colorines que presumen de tener sabor a fresa. En cuanto oí como cerraba la puerta para irse, me levanté, y con algo de miedo, fui al cuarto de baño. Mirándome en el espejo me cercioré de que seguía teniendo 16 años y era la misma persona de siempre. Con un par de granos más en la cara, pero el de siempre.

Volví a mi cuarto, donde vi la cama hecha un desastre. Con las sábanas liadas entre sí y la almohada tirada en el suelo. Lo único bueno de estar enfermo, o mejor dicho, de hacerse el enfermo y estar solo en casa, es que puedes prescindir, por ejemplo, de esa acción tan efímera y aburrida que es hacer la cama. No os engañéis, hacer la cama no sirve para nada. Absolutamente para nada. Si empleáramos todos los días los cinco minutos que tardamos en hacer la cama en: dar abrazos, regalar sonrisas o ayudar o los demás, todo iría mucho mejor. Pero no, la gente se preocupa por la mañana de hacer la cama, de colocar los cojines perfectamente alineados, junto al edredón a juego de IKEA.

Me senté sobre la cama, y mirando el despertador de mi mesilla de noche, le pregunté: ¿cuándo aprenderá el tiempo a esperar? No contestó. Yo tampoco puedo esperar, necesito saber mi futuro. Le dije en voz alta.

Fui al cuarto del ordenador. Lo encendí y me conecté a Internet. Una ventana de google, como cada día, se abrió ante mí. En un pequeño espacio podía introducir la palabra que quisiera para que el buscador me llevara a una posible conclusión. Creo en el google, y en sus capacidades de resolver los problemas de la gente, así que con valentía, escribí esa palabra que tanto miedo me da: futuro.

En apenas décimas de segundo aparecieron ante mí millones de páginas webs que contenían dicha palabra. Pinché con el cursor en la primera y abrí, sin saberlo, la página personal de una vidente. Amado google, siempre resuelves mis problemas, pensé. En la web, aparecía un anuncio que decía lo siguiente:

“Mi nombre es Carmen y soy una vidente con muchos años de experiencia. Desde pequeña he tenido una enorme sensibilidad para predecir el futuro de las personas a través del tarot. Si quieres saber tu futuro, sólo tienes que concertar una cita en mi consulta llamando al XXXXXXXX. Precio: 30 euros la hora, separados y divorciados plus de 5 euros más”.

Después de leer el anuncio de su web, llegué a la conclusión de que más que una vidente parecía una prostituta. Sólo le faltaba decir: “griego y francés incluido, te espero desnuda”. Aun así, sentí una gran tentación en llamar. Tal vez podría convencerla para que me atendiera por teléfono, sin necesidad de ir a su “consulta”.

Llamé desde mi móvil para que no apareciera el número de teléfono en la factura bimensual del fijo. No quería que nadie supiera que había llamado a una vidente. Los que llaman a pitonisas y videntes suelen ser personas muy desequilibradas, sin paciencia y con carencia de afecto. Pero yo no soy nada de eso, no pertenezco a ese grupo de gente. Yo soy una persona normal, como otro cualquiera… ¿no?

Escuché tres tonos vacíos, y al cuarto, oí una voz:

- Buenos días, consulta de la vidente Carmen, dígame, -dijo una voz femenina aguda-.

- … … - Me da vergüenza, no sé que decir, pensé-.

- ¿Hola? Consulta de la vidente Carmen, dígame. -repitió la voz automáticamente-

- Hola… -dije algo nervioso- quería pedir una cita de tarot con Carmen.

- Muy bien, dígame su nombre y apellidos, por favor.

Entonces fue, cuando por primera vez en mi vida, dejé de ser quién soy, y adopté el nombre y los apellidos de una persona que, sin saber si existía o no, escondió mi verdadera identidad. No me preguntéis por qué elegí ese nombre.

- Jacinto de la Cruz -respondí-

Aquel nombre producía una especial confianza en mí, como si bajo aquel seudónimo se escondiera un capo de la mafia rusa al que todos tenían miedo y respetaban.

- Jacinto, puedo citarle con la vidente dentro de una hora.

- ¿Dentro de una hora? -pregunté asustado- Y, ¿no podría hablar con ella por teléfono?

- No disponemos de ese servicio, pero la vidente puede verle dentro de una hora en su consulta.

No sé por qué, pero apunté la dirección de la vidente que la secretaria me dictó y antes de que me diese cuenta, estaba delante del edificio donde se encontraba la consulta.

La consulta estaba en un pequeño piso de un edificio comercial de Madrid, en el barrio de Gran Vía. Llamé al telefonillo y la secretaria, con la que había estado hablando por teléfono, me abrió. El piso estaba en la tercera planta y como carecía de ascensor, tuve que subir por las escaleras. Aquel edificio, sin ninguna duda, era de los más antiguos de Madrid. Las escaleras, de piedra blanca, estaban en su gran mayoría levantadas y desgatadas. La barandilla de la pared, completamente oxidada, guardaba aún pequeños trozos de color ocre, como si alguna vez hubiese estado pintada en su totalidad.

En la primera planta había varios pisos de comerciantes ambulantes que compraban y vendían oro. Un par de hombres asiáticos dijeron algo en su idioma mientras me miraban. Con algo de miedo, aceleré el paso y subí lo más rápido posible. La segunda planta fue mucho peor. Había varias mujeres, en trapos menores, hablando con algunos clientes. Me parecía increíble, que edificios comerciales como aquel, guardaran tantos secretos. Supongo que Madrid, por sí mismo, ya es un gran secreto. Por fin llegué a la última planta, donde al lado de una tienda neonazi, se encontraba la peculiar “consulta” de la vidente. Uno de los cabeza rapada que vestía con botas altas Doc Martins, cazadora Bomber y tirantes, me miró mal, como si con su mirada me estuviese perdonando la vida. Llamé al timbre y en seguida la secretaria, abrió la puerta.

Se exaltó mucho cuando descubrió que era un adolescente.

- El tarot es para mayores de 18 años -afirmó seria, sin ni siquiera saludarme-.

- Tengo 18 años -Mentí-

- Enséñame el DNI.

- No lo he traído, pero es verdad, tengo 18 años -Volví a mentir-

- Sé que no tienes 18 años, pero te voy a dejar pasar -dijo con un tono de voz muy grave, nada parecido al que usó por teléfono- ¡Cómo se te ocurra contar a alguien que has aparecido por aquí, nuestros vecinos, los de la tienda neonazi, te harán una visita!

En aquel momento dejé de sentirme Jacinto de la cruz, el capo de la mafia rusa, para volver a ser lo que soy: un niñato.

Entré en la recepción, donde había una mesa, un par de estanterías con papeles y una pequeña sala de espera.

Fuimos por un pasillo que comunicaba la recepción con el despacho de la vidente. La secretaria entró primero y después de decirle algo a la vidente, me dijo que pasara. Al entrar, para mi sorpresa, sólo había una mesa y dos sillas, en una de ellas estaba sentada la vidente Carmen. Me dijo que me sentara en la silla libre, justo frente a ella. Comencé a analizarla, como si con mis pensamientos estuviera escribiendo una perfecta descripción. Tenía el pelo corto, teñido de color naranja extravagante. Sus ojos eran verdes y su cara maquillada ocultaba las arrugas de toda una vida.

- Dime tu nombre verdadero -dijo mientras barajaba las cartas-

- Jacinto de la Cruz -le dije-

- No, el nombre verdadero -volvió a repetir- ¿no te das cuenta de que soy vidente? -preguntó, como si supiera cada pequeño detalle de mi vida-

Llegué a pensar que todos sus clientes, si es que tenía alguno, usaban seudónimos en sus citas, por el simple hecho de que les daba vergüenza acudir a sitios así con su nombre de verdad. Por eso ella, posiblemente, siempre pedía el nombre.

- Da… Daniel… de Vicente. -tartamudeé-

- Mucho mejor –dijo guiñándome el ojo, como si supiera desde el principio como me llamaba- Quieres saber tu futuro, ¿verdad? -preguntó-

- Sí, mi pasado ya me lo sé -sonreí, intentando hacerme el gracioso-

La vidente, sin mostrar el más mínimo indicio de sonrisa, comenzó a barajar las cartas con gran destreza.

Siempre pensé que las videntes eran como en las películas. Con pañuelos de piratas en la cabeza, bolas de cristal y uñas postizas. Pero para mi asombro, ninguna de las características que les atribuí, parecían ser ciertas.

Cuando terminó, separó la baraja en dos montones. Me pidió que eligiera uno. Escogí el de la izquierda. Cogió la primera carta y la puso en la mesa boca arriba.

Me di cuenta de que su baraja no era la tradicional, sino una rarísima, con personajes y símbolos que jamás había visto.

- Vaya, un arcano del sueño -dijo sorprendida mientras miraba la carta-

- ¿Un qué? -pregunté extrañado-

- Un arcano del sueño -repitió- Has soñado con algo que te inquieta y por eso has venido aquí.

Sorprendido, afirmé con la cabeza y ella sonrió, como si hubiera vivido anteriormente toda nuestra conversación. Me pidió que le contara detenidamente mi sueño y así hice. Con la mirada fija en mis ojos comenzó a interpretarlo.

- Mientras me estabas contando el sueño, he podido ver en ti que eres una persona muy nerviosa e impaciente. Los relojes te obsesionan porque ves como el tiempo pasa ante ti y tú no puedes hacer nada por detenerlo. Te gusta controlarlo todo, pero sabes que no puedes controlar el tiempo. A la vez, te asusta tu futuro porque no eres capaz de ver como será todo. Te aterra pensar que alguna vez te convertirás en otra persona y tendrás que enfrentarte a la realidad. Además, no sabes aún quién eres. Tu personalidad no esta definida y es por ello que, cuando te miras al espejo, no te reconoces. Eres una persona que se obsesiona por todo aquello que no puede poseer o comprender. Es normal a tu edad, “Jacinto de la Cruz”… -dijo mientas sonreía-

No es fácil cuando un desconocido raja tu vida de arriba abajo. Y menos aún, cuando acierta.

- Y ahora -continua hablando la vidente- sigamos con el tarot.

Sacó tres cartas, las puso boca arriba y comenzó a hablar:

- Los arcanos lo dicen muy claro, Daniel. Éste -dijo señalando una carta de un duende que se comía una moneda- me indica que no vas a ser una persona de altos ingresos. Este otro -continuó mientras señalaba a una mujer desnuda sin cabeza- me dice que te casarás dos veces y tus dos matrimonios serán un fracaso y que por supuesto, jamás tendrás hijos -señaló con el dedo un candado que había sobre el útero de la mujer -Y ésta -dijo enseñándome una carta con un dibujo de unas ruinas- Me manifiesta que, después de tus dos matrimonios, vivirás solo y de alquiler.

Se hizo un silencio. La vidente sacó una última carta donde se veían caer papeles del cielo semejantes a gotas de lluvia.

- Esta última carta es esencial -dijo mostrándomela- Estarás rodeado de papeles todos los días de tu vida.

- Y, ¿ya está? -dije algo preocupado-

- ¿Qué más quieres, chaval? Yo te digo tu futuro, no te concedo tres deseos como el genio de la lámpara -dijo con tono desagradable-

- Una última cosa… -le pregunto- ¿a qué me dedicaré?

- Serás escritor.

- ¿Sí? -pregunto entusiasmado-

- No. Sólo un triste administrativo de oficina. Pero era por variar un poco, que a todos los soñadores os toca el mismo futuro.

 

Daniel de Vicente

25 de Marzo, 2007

Las braguitas de la madre de Laura

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Llevo esperándola más de media hora. Con las manos metidas en los bolsillos y la barbilla refugiada en el cuello del abrigo. Escondiéndome de algo. Tal vez de mí mismo.

Esa misma mañana Laura me mandó un mensaje al móvil: “Esta tarde a las 18:00 en la esquina de siempre. Mis padres no llegarán hasta tarde. Sé puntual”.

Ella sabe que si me dice que llegue puntual, voy a llegar 10 minutos antes, mientras ella, llegará 15 ó 20 minutos tarde. Somos así. Tan diferentes como el blanco y el negro. Polos opuestos que, como dice la popular frase, se atraen -aunque sea sólo durante un rato-.

Nuestra extraña relación, si es que se puede llamar de alguna forma, tiene dos ejes vitales: aquella esquina en la que espero y nuestra especial discordancia horaria. El escoger la esquina para nuestras citas es debido a que es un lugar solitario, donde nadie puede vernos juntos, cosa en la que Laura insistió desde el primer día. La diferencia de horarios se debe a las características de cada uno. A mí me gusta esperar y a ella llegar tarde.

Su típica tardanza viene acompañada siempre de alguna estúpida excusa. Laura sabe que yo nunca me la trago, pero siempre viene con una nueva. Es como un ritual que lleva a cabo religiosamente; aunque, en realidad, no tenga ningún sentido.

Una vez, me tuvo esperando 40 minutos en la esquina de siempre. Calculando que yo había llegado 15 minutos antes, estuve esperando casi una hora. Cuando llegó, con absoluta tranquilidad, me dio un beso y recitó la nueva excusa del día:

“Dani, tenía tantas ganas de verte que he salido pronto de casa y he cogido la moto para conducir más rápido que nunca. Pero no me acordaba que, según la teoría de la Relatividad de Einstein, cuanto más rápido viaja un cuerpo, más despacio pasa el tiempo. Al llegar aquí y bajarme de la moto he comprobado horrorizada que, si para mí sólo ha pasado media hora, para el exterior ha transcurrido una hora, y claro, parece que llego tarde”.

Yo la miré muy atento. Intentando comprender sus palabras, pero es muy astuta. Siempre pone excusas que tengan ver que con las matemáticas porque sabe que así, jamás puedo rebatirla en nada; puesto que no tengo ni pajolera idea y siempre las suspendo.

A veces me dan ganar de decirle que aparte de una buenísima actriz, es una increíble escritora llena de imaginación y buen humor. Pero no voy a ser yo quien le descubra su don oculto, al menos hasta que no se digne en llegar a la hora.

Cualquier día no aparece y me llega un mensaje al móvil diciendo: “Hoy voy a llegar un poco tarde porque me han secuestrado unos extraterrestres y vamos de camino a Marte para hacer un rito conmigo de no sé qué. No te apures. Tú sigue esperando que se te da muy bien y cualquier día de estos me presento”.

Al rato, sumergido en mis pensamientos, vi llegar a Laura con una sonrisa. Es ella siempre la que se acerca y me da un beso en los labios.

El pelo de Laura es liso y largo. Sus ojos, al igual que su pelo, son oscuros, casi negros, y su tez blanca, algo pálida. Sus labios rosas resaltan en su rostro. Son como una luz que alumbra toda su cara.

- ¿Llevas mucho tiempo esperando? -Me pregunta-

- No, acabo de llegar. -Miento-

A los dos nos encanta jugar a ser otras personas. Laura es un personaje y yo soy otro. En realidad ninguno de los dos nos conocemos. Tan sólo sabemos pequeños datos sin importancia que, alguna vez, hemos soltado para romper el silencio. Somos como personas que no encuentran la sombra que proyecta la luz del sol. Por eso nos servimos de la luz artificial.

Caminamos despacio hacia la casa de Laura. Por el camino me cuenta la excusa del día, finjo una sonrisa y le digo que no pasa nada.

Laura vive en un enorme chalet de tres plantas. Su padre es uno de los concejales del Ayuntamiento de Madrid. Ya sé de quién ha aprendido a mentir tan bien.

Cuando llegamos, me dice que espere en el sofá mientras le entrego mi abrigo para que lo deje arriba, en su cuarto. Su salón es enorme. Con amplias estanterías llenas de libros. Ojeo los títulos de algunos. Casi todos son de historia o de economía.

En una de las estanterías hay un marco enorme con una fotografía de toda la familia. Su padre, su madre y ella. No sé por qué, pero siento un especial encanto por su madre. No dejo de observarla, como si me sintiera atraído hacia ella.

Laura me sorprende observando la foto y sin decir nada me pregunta que si quiero tomar algo. Le contesto, seguido de un agradecimiento, que no.

- ¿Ni una Coca-Cola?

- No me gusta la Coca-Cola.

- Eso es imposible. A todo el mundo le gusta la Coca-Cola.

- Pues a mí no.

- Entonces te traigo una cerveza. -Dice mientras va a la cocina-

- Tampoco me gusta.

Vuelve por el pasillo.

- ¿Entonces qué te gusta? -Pregunta pensativa-

- Me gustas tú.

Aunque Laura sabe que mis palabras son tan falsas como un euro de plástico, sonríe haciéndose la remolona.

- Y a ti, ¿qué te gusta más, el sillón del salón o la cama de tus padres? -Le pregunto-

Mientras se muerde el labio, me señala con el dedo las escaleras. Sube deprisa y me dice que espere abajo. Cuando llega al tercer piso me tira la camiseta que llevaba puesta y me dice que suba.

Mientras subo los escalones pienso que aquello es como una película. Laura y yo no sólo somos los actores, sino también los directores y los guionistas. Lo peor de todo es que la película es real, pero de ciencia ficción. A veces la realidad hay que inventarla. Es lo que Laura y yo hacemos siempre. Jugamos a estar enamorados, a querernos, a disfrutar el uno del otro. Aunque en realidad todo sea mentira. Una gran mentira.

La habitación de sus padres es casi tan grande como el salón. Tiene una cama enorme en la que fácilmente podrían dormir tres o cuatro personas.

Laura me espera en la cama, en ropa interior. Con mirada perspicaz de niña mala. Me acerco a ella y la beso. Y hasta ahí, queridos lectores, puedo escribir.

Después de haber compartido fluidos debajo de las sábanas de sus padres, permanecemos alejados, cada uno en un lado de la cama. Laura se incorpora y se apoya en la cómoda. Enciende un cigarrillo, y me ofrece una calada.

- No, no me gusta el tabaco.

- ¿Tampoco te gusta el tabaco? -Pregunta riéndose-

- Hay muchas cosas que no me gustan y que no sabes.

- Ni tú de mí, Dani – dice Laura después de echar el humo de su cigarrillo por la boca - Supongo que es mejor así, sin que los dos sepamos nada del otro.

Mientras yo me doy una ducha en el cuarto de baño de sus padres, Laura se la da en el baño del segundo piso. Los chorros del agua impactan con fuerza en mi cuerpo. De todos los champuses, escojo uno de flores de jazmín que me extiendo con una esponja por todo el cuerpo.

Cuando termino, salgo de la ducha y me visto en el cuarto de los padres de Laura. De repente oigo como se abre la puerta de la casa. Se me corta la respiración durante unos segundos. Voy de un lado a otro de la habitación, sin saber dónde meterme. Tengo mucho miedo, seguro que es su padre, el concejal.

Oigo como alguien sube las escaleras. Me escondo debajo del lecho donde Laura y yo acabamos de profanar. Alguien abre la puerta del dormitorio. Desde la cama sólo veo los tacones rojos de una mujer. Será su madre, pienso. Se tira sobre el colchón. Siento los muelles de la cama sobre mi espalda. Después se sienta en ella y se quita los tacones. Comienza a bajar su falda hasta los pies. Intento mirar hacia otro lado, pero no sé por qué, no puedo. Sus piernas son finas, de color anaranjado. Parecen muy suaves. Con la falda ya en sus pies, veo como desliza lentamente sus braguitas rojas siguiendo el mismo camino. Se quita la camiseta y después el sujetador. Deja toda la ropa en la moqueta de la habitación. Se levanta y entra en el cuarto de baño del dormitorio donde yo me acabo de duchar.

Abre el grifo de la ducha. Imagino como esparce el champú de flores de jazmín, que yo he utilizado, por todo su cuerpo. Expandiéndolo con la misma esponja con la que yo lo he hecho.

Salgo de la cama lo más rápido posible y cuando estoy dispuesto a irme, me acerco hacia la ropa de la madre de Laura. Observo sus braguitas rojas. Las cojo y las guardo rápido en mi bolsillo, como si alguien me estuviera observando.

Mientras Laura y su madre se duchan, yo bajo las escaleras y me voy sin despedirme. Salgo corriendo de su casa, como si fuera un ladrón. Lejos ya de la casa, saco las braguitas rojas de la madre de Laura y las huelo como uno de esos fetiches que sólo se sacan cuando estás solo. Contento, sonrío: huelen a champú de flores de jazmín.

Notas de autor: He ganado un concurso de poesía de mi instituto con un poema que escribí para este blog, allá por agosto: Sería Capaz.
Y además, he escrito la voz narradora que recita Malevolia en el nuevo corto de Sergio Sánchez. Si quieres verlo, pincha aquí.

Daniel de Vicente