29 de Septiembre, 2011

“Escribir para vivir”, publicado por Ediciones Atlantis, ya está a la venta

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Queridos lectores y lectoras:

Tras mucho tiempo sin escribir nada en este blog, regreso con una gran noticia: muchos de los relatos que colgué en esta web, han sido publicado por la editorial Ediciones Atlantis, quien edita, distribuye y vende el libro Escribir para vivir.

Han pasado casi cinco años desde que, con tan sólo 16 años, empecé a escribir las historias que componen el libro y que publiqué en su día en este blog para que muchos pudieseis leer. Ahora, con 21 años de edad, publico muchos de esos relatos en esta nueva edición de la mano de Atlantis.

Para la publicación he tenido el privilegio de contar con la introducción de la escritora y periodista Rosa Montero y con un texto en la contraportada del dramaturgo, guionista y director Juan Carlos Rubio. Después de su presentación en Madrid, el pasado 19 de mayo en el Café Fídula (C/ Huertas, 57), el libro ya se encuentra a la venta en toda España.

En Madrid se puede comprar en la Casa del Libro (recomiendo la tienda de Gran Vía), El Corte Inglés (por pedido, en cualquier establecimiento) o en la librería especializada en cuentos Tres Rosas Amarillas (C/ San Vicente Ferrer, 34) por un precio de 15 euros.

Fuera de Madrid, el libro se vende por internet a través de la página web de la editorial pinchando aquí. Sólo hay que rellenar un breve formulario con tu nombre, apellidos y dirección postal, para que el libro se envíe a la dirección indicada. Lo novedoso es que el ejemplar, que te entregan en mano, se paga en efectivo una vez te lo den. No hay que pagar nada con tarjeta, ni por internet, el cobro se realiza en persona mientras te entregan el pedido. Y sin ningún tipo de gastos de envío por el traslado, por tan sólo 15 euros, el mismo precio que en librerías.

Besos y abrazos para todos y todas,

30 de Abril, 2007

Morir para nacer

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La jeringuilla inoculaba distintas sustancias en diferentes partes de mi brazo. De vez en cuando abría un poco los ojos. Con recelo y miedo observaba como la aguja que manejaba aquel hombre de blanco penetraba en mi piel. Cuando era muy pequeño tenía miedo a las jeringuillas. Y ahora que soy más mayor, les tengo pánico.

Ochos pinchazos en total. Al parecer así son las pruebas de la alergia. Introducen en tu cuerpo pequeñas sustancias que provocan o no irritación en la piel. De esa forma terminan sabiendo a qué eres alérgico. Algo así me explicó el enfermero mientras pinchaba, con libre albedrío, por cada una de las partes de mi brazo.

Cuando terminó, el enfermero me pidió que esperara en la sala de espera hasta que me volvieran a llamar. Comencé a notar como tres de los ocho puntos que habían dejado los respectivos pinchazos se hinchaban adoptando un color rojizo. Por un momento pensé que estaba a punto de sufrir una transformación genética y convertirme en un ser fantástico con súper poderes. Pero pronto descarté esa opción y deseé llorar, gritar, correr y pedir ayuda, que era lo que el cuerpo me pedía. Pero a veces la vergüenza se proclama sobre cualquier sentimiento o emoción. Por muy sincero o intenso que sea.

Al rato, salió un médico con las típicas zapatillas blancas de andar por casa. Nada más ver mi brazo agregó:

- Pues sí. Tienes alergia. Pasa adentro.

Entré y comenzó a observar los puntos hinchados de mi brazo. Miró una tabla que enumeraba las diferentes sustancias que acaba de inyectar el enfermero en mi cuerpo. Al instante, terminó diciendo que las pruebas alérgicas habían dado positivas en el polen y la gramínea.

- Y ¿a las chicas no soy alérgico? - le pregunté con mucho interés - Porque cuando se me acercan se me pone la cara roja como un tomate. Exactamente, como tengo ahora mismo el brazo.

El médico soltó una leve carcajada seguida de una tímida sonrisa. Pensó que mi pregunta había sido un mero acto gracioso, o como lo llaman algunos: un chiste. Lástima que no se diera cuenta de que tenía mucha lógica y que en absoluto quise hacerle reír. Para mi era algo muy importante que, noche tras noche, me quitaba el sueño. Pero esos médicos de pacotilla no tienen ni idea. Se ríen por todo, como si los pacientes fuéramos unos insulsos sin sentido que preguntamos chorradas. ¿Verdad que era una pregunta muy normal?-

Debes tomarte todas las mañanas dos pastillas que te librarán de la alergia durante el día - dijo el médico - Te daré una receta para que puedas comprar el medicamento en la farmacia.

El médico escribió un par de frases en la receta y le puso un sello. Observé el papel que me entregó donde sólo veía dos líneas que formaban pequeños bucles. Lo más parecido a aquello era un garabato de un niño de dos años. O lo que es lo mismo: una obra de arte abstracta del siglo XXI.

- Ahora debes ir a la ventanilla principal y pedir cita para la revisión del año que viene, ¿de acuerdo?

Afirmé con la cabeza y me despedí de él. Por los pasillos del hospital me crucé con pacientes de todo tipo: Anoréxicos, bulímicos, parapléjicos, quemados, en sillas de ruedas… y una infinidad de enfermedades que desconozco por completo. Pero ante todo, me crucé con miradas. Miradas frustradas, aburridas, cansadas, tristes, perdidas, olvidadas… Hay demasiadas miradas en los hospitales.

En la recepción me paré en una máquina de golosinas. Introduje una moneda por la rendija. La chocolatina no cayó por la repisa transparente tal y como tendría que haber hecho. Le di un par de suaves golpecitos pero no respondió.

- Joder, no funciona. Dije en voz alta dando golpes más fuertes a la máquina.

- ¿Desde cuándo han funcionado este tipo de máquinas? Porque a mí nunca me ha funcionado ninguna.

Dijo una voz detrás mía. Me di la vuelta y contemplé a un chico en silla de ruedas. Le faltaba la pierna derecha y en su cabeza no tenía ni un solo pelo. Vestía con un pijama del hospital y unas zapatillas blancas, como las de los médicos.

- Supongo que tienes razón – agregué - Me llamo Dani. Dije mientras le tendía la mano.

- Yo Fran –dijo cogiendo mi mano – perdona que no me levante.

Se río. Pero yo no pude reír.

- Sé un sitio donde tienen unas chocolatinas excelentes y además gratis, ¿te vienes?

- Sí, claro. Le dije casi sin querer.

Le seguí por el largo pasillo del hospital hasta que llegamos al final.

- ¿Ves esa puerta? - dijo señalándome con el dedo una puerta a la derecha- pues ahí dentro guardan todas las chocolatinas de la máquina. Cuando se acaban, vienen aquí a por más y la rellenan. Pero nunca se acaban, porque siempre ha estado rota. Dijo con una característica sonrisa.

La puerta estaba abierta. Ni siquiera tenía cerradura. Dentro, tal y como dijo Fran, había decenas de cajas de chocolatinas, patatas fritas, caramelos y demás golosinas. El principal problema, era que estaban situadas en unas estanterías muy altas, a las que Fran sólo no hubiera podido llegar. Pero yo sí.

Nos llenamos los bolsillos de pequeños placeres comestibles y sin que nos viera nadie nos fuimos.

Por el camino de vuelta no dejábamos de reír. Mientras como verdaderos cerdos nos metíamos chocolatina tras chocolatina en la boca.

- ¿Sabes qué es lo peor de todo? – dijo Fran – cuando tienes el mapa de un tesoro pero tu cuerpo no puede desenterrarlo.

Poco a poco fui sabiendo más cosas de Fran. Como que jamás había salido de los alrededores del hospital ya que había nacido allí.

- Aquí soy de los más veteranos, a pesar de tener sólo 17 años - decía -.

Él siempre hacía bromas. Se reía de sí mismo. Yo era incapaz.

- Esta pierna que ves, la perdí en la guerra - decía partiéndose de risa - Y tengo la cabeza rapada porque soy judío y estuve muchos años en un campo de concentración nazi. Soy un autentico héroe en mi país.

No dejaba de reírse. Yo por el contrario tenía ganas de llorar.

El tiempo se pasó volando. No me di cuenta de que habían pasado más de tres horas y no había pedido la cita para el año que viene.

- Tengo que irme. Es un poco tarde y aún tengo que pedir una cita médica.

- ¿Estás enfermo?

- No, son para las pruebas de la alergia.

-Uuf, la alergia, menos mal que yo no tengo. - dijo aliviado, como si se sintiera feliz de no padecer una simple alergia primaveral y le diera igual estar enfermo desde pequeño - Yo también tengo que irme. Tienen que hacerme unas fotos. Añadió.

-¿Unas fotos? Le pregunté.

- Sí. ¿No ves que soy un héroe de guerra? Cada semana me hacen fotos en la sala de rayos. Me sacan muy guapo.

Reía y no dejaba de reir. Qué envidia. ¿Por qué era tan feliz? Nada le importaba. Disfrutaba con cada una de las palabras que salía por su boca. Su triste situación eran simples bromas para él. Supongo que algunos aman el fútbol, otros las drogas, el sexo… y Fran, a pesar de todo, amaba vivir.

Me dio tanta pena despedirme de él que le pregunté si podía venir a verle mañana.

- Tengo la agenda muy apretada, pero bueno, seguro que saco un hueco. Mañana no tengo sesión fotográfica. Respondió.

Fue la primera vez que reímos los dos juntos. Quedamos a las 12 en la máquina de golosinas. Y nos despedimos.

Al día siguiente, llegué puntual. Mientras esperaba observé como un hombre estuvo a punto de caer en la misma trampa en la que caí yo el día anterior.

- Está rota. Agregué antes de que introdujera una moneda por la rendija de la máquina de golosinas.

Al minuto llegó Fran.

- ¿Has visto mi buga nuevo? - dijo enseñándome su nueva silla de ruedas- Corre más que el de Fernando Alonso. Es una maravilla. Mira qué ruedas, y qué suspensión.

Yo no entendía nada. Apenas le veía diferencia a la silla del día anterior. Las ruedas eran un poco más anchas y la montura de otro color. Pero él se sentía un privilegiado, un autentico afortunado por tener una silla de ruedas nueva.

- Está genial. Ya me darás una vuelta. Dije.

- ¿Desde cuando los fórmula uno tienen asientos para dos? ¿No ves que sólo puedo pilotarla yo?

Era tan feliz.

Aquel día también fuimos en busca del tesoro y nos llevamos unas cuantas chocolatinas más.

- En la segunda planta, en la de quemados, hay una enfermera que está buenísima. No la veo mucho, porque no baja mucho por la planta infantil. Es la chica de mi vida.

- ¿Y por qué no subes tú? Le pregunté.

- A los enfermos, no nos dejan subir solos en el ascensor.

- ¿Y si te acompaño?

- Si me acompañas tú, sí. Dijo con una sonrisa que dejaba ver su reluciente mandíbula.  

Estuvimos buscando un rato por los pasillos de la segunda planta pero no la veíamos.

- A lo mejor hoy tiene el día libre. Dijo él.

Dimos un par de vueltas más, y cuando menos lo esperábamos, nos cruzamos con ella.

- Hola, Fran. Saludó una rubia guapísima de ojos verdes.

- Hhooo… hola. Dijo Fran, casi ensimismado.

Cuando cruzó se dio la vuelta para mirarle el culo.

- No me habías dicho que la conocías. Le dije yo.

- Es enfermera en la quimio.

No sabía que era la quimio. Días después supe que era el diminutivo de quimioterapia: Método curativo de enfermedades como el cáncer, por medio de productos químicos. Había tantas cosas que no sabía de Fran.

- Algún día me casaré con ella. Tendremos una hipoteca, un coche y un perro. Ella será mi enfermera y me cuidará en casa.

Fran quería ser normal. No quería ser famoso, ni un hombre de éxito ni tan siquiera un millonario. Él sólo quería ser normal. Pero no podía. Y se adaptaba a su vida con humor y alegría. Dicen que los genios son aquéllos que escriben grandes obras literarias, pintan estupendos cuadros o saben trasmitir a través de la música. Yo creo que los genios son aquéllos que saben adaptarse a la vida que les ha tocado vivir y son felices con lo que son y lo que tienen.

A las 2:00 de la tarde le acompañe a su habitación. Dormía solo en un pequeño cuarto con televisión y una cama.

- Este es mi palacio –dijo nada más entrar- Tengo mucha suerte de dormir solo. Además la televisión no va con monedas, como la máquina de golosinas. Fue un regalo de mi hermano.

Fran tenía familia, pero apenas iban a verle. Sus padres trabajaban todo el día y su hermano estaba en Estados Unidos haciendo un máster en administración de empresas. De vez en cuando le traían regalos. Una televisión nueva o una videoconsola. Cosas tan efímeras que se podían comprar con dinero. Pero jamás le regalaban tiempo, amor, paciencia o ayuda. Pero aun así, Fran siempre sabía sacar el lado positivo de todo.

Me explicó que allí le daban clases. Le enseñaban historia, matemáticas, literatura, química y todas las demás asignaturas. Tenía un profesor particular que venía todos los días a verle.

- ¿A qué tú no tienes tele en tu cuarto? Me preguntó.

- No, más quisiera tener una. Mentí, porque yo odio la televisión.

- Que vengan a darte clase está muy bien. No me tengo que levantar ni de la cama - dijo - lo peor de todo es que no puedo sacar chuletas, porque siempre me pilla el profesor.Reímos los dos a coro.

Entró una enfermera en la habitación. Levantó a Fran de la silla de ruedas y le sentó sobre la cama. Le puso una bandeja de comida en una pequeña mesita montable. La enfermera se marchó.

- Otra vez pescado. Aquí a los cocineros les debe gustar mucho el mar, porque bien que les gusta el pescado. No ponen otra cosa.

Me senté en una silla al lado de la cama. Fran encendió la televisión. En la pantalla se proyectó un anuncio de Burger King donde salía una sabrosa y apetecible hamburguesa.

- ¿Has ido alguna vez? Me preguntó.

- ¿Adónde?

- Al Burger King.

Para Fran ir al Burger King, era como para mi viajar a África. Jamás había comido una patata frita con ketchup ni una hamburguesa de pollo con lechuga.

- Sí, claro.

- Lo que desearía por una hamburguesa, ¿Están tan ricas como en los anuncios?

- Bueno, no te pierdes gran cosa… Dije mientras observaba como sus ojos se clavaban en las imágenes del televisor con gran deseo.

Cuando terminó de comer nos despedimos. Le dije que mañana después de las clases iría a verle. Él sonrió feliz como solía hacer siempre.

Cuando salí del instituto compré la hamburguesa y las patatas fritas más grandes de todo el Burger King.

- ¿Para tomar o llevar? Me preguntó la dependienta.

- Para llevar. Contesté.

Me sentía feliz con la bolsa de comida en mi mano. Como si fuera a descubrirle a Fran, un verdadero tesoro. Tal y como él hizo conmigo el primer día con el cuarto de golosinas.

De la bolsa se desprendía un cálido aroma a carne y a ketchup. Se me hacía agua la boca sólo de imaginar lo mucho que Fran disfrutaría con aquel manjar tan poco saludable.

Llegué al hospital y subí a su habitación donde había quedado con él. Pero allí no estaba. La cama estaba perfectamente hecha. Salí al pasillo para ver si le veía. Volví a entrar y salió de repente una enfermera del baño.

- ¿Querías algo? Me preguntó la mujer.

- Sí… estaba buscando a Fran, había quedado con él. Le tengo que dar una cosa.
La enfermera, con cara seria y triste, me miró. Como si quisiera decirme algo, pero no pudiera.

- Fran no está.

- ¿Y dónde está? Pregunté preocupado.

- Aquí ya no, ahora no sé muy bien donde estará.

No entendía la intriga de la enfermera. O al menos no quería entenderla.

- ¿Tu eres Dani, verdad? Preguntó de repente.

- Sí…

- Fran dejó anoche una nota para ti. Esta ahí. Dijo señalando la mesilla de noche.

Sobre la mesilla, había un papel escrito con una letra pequeña y borrosa.

El médico decía que tenía los días contados. Pero yo no me fío mucho de los médicos ¿Quién se va a fiar de un hombre en pijama y con zapatillas de andar por casa? Por si acaso, dejo mi herencia hecha, a ver si luego va a llevar razón y se lo va a quedar todo hacienda y el estado.

En primer lugar te dejó mi televisión, para que la pongas en tu cuarto. Te recomiendo que pongas el canal 7 a las 00.00 de la noche, hay un montón de tías como la enfermera. También te doy la silla de ruedas nueva, pero ten cuidado de no arañármela. Ya sabes que es un bólido de coleccionista. Como comprenderás, a la enfermera rubia no te la dejo, porque ella es un ángel y los ángeles tienes que estar en el cielo, conmigo.

Siento no haberte avisado antes de mi cáncer, pero estaba tan extendido que los médicos calcularon el máximo de días que me quedaba de vida. Pero soy un héroe de guerra, y los héroes de guerra no protestan, sino que sacan pecho ante las adversidades.

Espero que disfrutes tanto de mis tesoros como lo he hecho yo.

PD: Echate novia, Dani. Que te veo muy solo.

Un abrazo, Fran.

Cuando me di la vuelta la enfermera ya se había ido. La bolsa de comida se me cayó al suelo y apenas me molesté en recogerla.

Me senté en la silla de ruedas que estaba al lado de la cama. Pensativo comprendí, que el mejor tesoro que me había dejado Fran aún estaba por llegar. A veces una persona muere para que otra vuelva a nacer. Me levanté de la silla y me marché de aquel hospital para siempre. Porque yo si tenía dos piernas con las que andar. Porque yo aún tenía una vida por la que vivir. En mi rastro, sólo dejé una suave estela de palabras…

“Fran, estés donde estés, solo te deseo dos cosas: que te comas una hamburguesa del Burger King y te cases con la enfermera rubia de ojos verdes”

Daniel de Vicente

22 de Abril, 2007

Cartas de amor con una desconocida

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Cada día, cuando salgo de mi casa para ir al instituto, me cruzo en el portal con Ramón, el cartero.

- ¿Cómo va todo, Dani? Me pregunta él, mientras introduce cada una de las cartas en sus respectivos buzones.

- Aquí estamos, tirando, que no es poco. ¿Alguna carta? Le pregunto por si alguien, no sé muy bien quién, me ha escrito.

- No, hoy no. Tal vez mañana. Responde. Todos los días escucho esa frase que sale de sus labios. Y ese mañana parece no llegar nunca.

Siempre abrimos el buzón imaginando que hoy no habrá facturas, ni panfletos de publicidad, sino una carta de alguien, que con su puño y letra, se ha acordado de nosotros. Pero cuando lo abrimos nos damos cuenta de que en el buzón hay lo de siempre: facturas, recibos, publicidad y catálogos de compra.

A menudo me pregunto qué pasaría si todo lo que imagináramos y deseáramos se hiciera realidad. Supongo que la vida dejaría de tener sentido, porque alcanzaríamos la completa felicidad. Entonces no tendríamos que luchar, enfadarnos, ni entristecernos por nada. Terminaríamos cansados de una felicidad perfecta y desearíamos tener problemas y poder luchar por resolverlos. Así es el hombre: siempre quiere lo que no tiene.

Desde hace un par de semanas, me he fijado que Ramón está comenzando a echar cartas en el buzón del 4ºB. Llevan sólo un sello, pero en la solapa de la carta hay escrita la dirección de un domicilio. No he querido decirle nada a Ramón, pero el vecino del 4ºB se mudó hace más de dos años.

Aquel día, como uno más, le pregunté a Ramón si había recibido alguna carta.

- No, hoy no. Tal vez mañana, Dani.

Mis ojos atentos se clavaron en su taco de cartas, y cuando estaba abriendo la puerta del portal, dispuesto a salir, Ramón sacó una nueva carta y la introdujo en el buzón del 4ºB.

- Hasta mañana, Ramón. Dije observando el paradero de esa carta.

- Adiós. Me respondió él.

En el instituto me pasé todo el día distraído, sin enterarme de ninguna de las explicaciones de clase. Viviendo una vida paralela que no tenía nada que ver con la realidad. Imaginando, quién podía escribir a aquel vecino, del cual apenas recuerdo su cara. Lo poco que recuerdo es que se le veía muy poco por el vecindario y no entabló amistad con nadie. Un buen día se mudó y nadie volvió a saber nada más de él. La casa aún sigue en venta.

Cuando sonó el rutinario timbre a las 2.05, salí del instituto lo más rápido posible para llegar a casa. Cuando llegué al portal, me fije en el nombre del vecino que estaba escrito en el cartelito del buzón: Álvaro Martínez. Me desilusioné un poco ante un nombre y unos apellidos tan comunes. Me hubiera gustado encontrarme algún nombre extraño, de famoso, extranjero o asesino en serie. Pero mi imaginación siempre me juega muy malas pasadas.

Observé, deslizando mi mirada por el interior de la rendija del buzón, unas 8 ó 9 cartas sin abrir. ¿De quién serán? ¿Qué pondrán? ¿Las habrá leído alguien? Decenas de preguntas llegaron como un torbellino a mi cabeza. Pero ni una sola respuesta.

Robar cartas ajenas es un delito penado con la cárcel. Pero sentir como tu cuerpo te pide que las cojas y las leas todas, es una tentación irresistible. Miré hacia la puerta y a la escalera, comprobando que nadie apareciera en el momento de mi delito. No había nadie a la vista. Introduje mis finos dedos de la mano derecha por la rendija y acaricié, como si se tratara de un tesoro, la textura del sobre. Intenté meter la mano para poder sacar a modo de pinza, con mis dedos, las cartas, pero al forzar la situación, para mi sorpresa, la puerta del buzón se abrió sola. Estaba rota. Todas las cartas se cayeron al suelo y yo, muy asustado, las cogí corriendo y cerré la puerta del buzón, tal y como estaba antes. Subí deprisa las escaleras, pero a mitad de camino, volví sobre mis pasos y con el puño de la camiseta, limpié las huellas dactilares que habían quedado en la puerta metálica del buzón. Acto seguido subí corriendo hasta llegar a casa y con un suspiro, cerrar la puerta.

Mis padres trabajaban hasta tarde y mi hermana salía una hora más tarde del instituto, así que tranquilo, me tiré sobre la alfombra del salón y comencé a ojear aquellas cartas. Todas eran de la misma persona, una tal María Díaz que vivía, según constaté por la dirección, en un barrio muy cercano al mío.

Abrí la carta de fecha más antigua, y saqué un papel con márgenes y cuadritos, escrito con una letra estirada, de color negro y poco legible. Decía así:

“Querido Álvaro:

No entiendo por qué un buen día, sin explicación, te fuiste. Los dos lo hemos pasado mal y sé que tú querías tener un hijo, pero ya sabes lo que dijo el médico, respecto a mi enfermedad. Podríamos haber adoptado uno, niño o niña, y haberle tratado como a nuestro verdadero hijo. Pero tú querías ver nacer a un bebé de mi tripa, aunque supieras que eso podía ser muy perjudicial para el recién nacido.

Sabes que yo siempre quise ser profesora. Adoraba a los niños, como tú; pero esta enfermedad fue de mal en peor. Estos últimos meses sin ti, apenas he podido salir de casa.

Sé que te iba mal en el trabajo. Aguantaste horarios infrahumanos y sueldos miserables para que pudiéramos salir adelante. Tú también tenías sueños, querías ser actor. Recuerdo la primera vez que te vi, en aquel escenario en la obra anual del colegio, vestido de Robin Hood, con el sombrero y aquellas prendas, que tú mismo te cosiste e hiciste con las ropas usadas que la gente llevaba a la parroquia.

A menudo recuerdo momentos felices, aunque la mayoría hayan sido difíciles y tristes. Sé que estuviste a mi lado mucho tiempo, aguantando una enfermedad que empeoraba con el tiempo y que sólo se curaría con una operación que no podíamos, ni podemos pagar.

De adolescentes soñábamos con vivir en una casa grande, con varios hijos y un perro. Salir de aquel barrio de obreros donde los taxis por la noche no se atrevían a entrar por miedo a lo que les podía pasar. Pero jamás salimos. Terminamos en una pequeña y antigua casa, en el mismo barrio, con la misma gente y con los mismos sueños imposibles.

Te escribo porque necesito contarte todo lo que siento y lo que ya no te puedo decir. Tu mejor amigo, Paco, me dijo que te mudaste al barrio de al lado, y que alquilaste un piso. Él me dio la dirección, aunque le advirtieras que no me la diera, si le preguntaba. Te seguiré escribiendo y contando cómo va todo.

Tu María, que aún te quiere.”


Disfruté más leyendo aquellas cartas, que una novela o un cuento de cualquier escritor de éxito. ¿Y sabéis por qué? Porque eran reales. No eran sentimientos construidos para personajes, ni situaciones creadas para una historia, sino las palabras sinceras de una mujer que escribía al hombre de su vida. Y eso es mejor que cualquier obra literaria.

Las leí todas varias veces. Pasaba por cada una de sus palabras e imaginaba aquella mujer con el bolígrafo en mano, escribiéndolas. Con algo de pena, volví a leer la última:

“Querido Álvaro:

Ésta es la décima carta que te escribo y aún no he obtenido respuesta. Sé que las estás leyendo porque correos no me ha devuelto ninguna.

Ayer me volvió a dar un ataque, creo que estoy perdiendo algo de memoria. El médico me atendió. Dijo que es muy probable que en un par de meses no recuerde nada de lo que ha pasado a lo largo de mi vida. Lo más seguro es que me ingresen en una residencia pública y que no nos volvamos a ver jamás. Conservo la fe en que vuelvas y me escribas.

Llevo más de cuatro meses sin salir a la calle. La vecina de enfrente me trae la comida y los sellos que le pido, no necesito más. Sólo salgo de casa para ver el buzón y del buzón vuelvo a casa. Lo miro todos los días para ver si han llegado esas cartas que no me has contestado, pero sólo hay publicidad. Facturas no, porque me quitaron la luz y el agua hace varias semanas y tengo velas en todas las habitaciones. La vecina me trae garrafas de agua de la fuente. Mañana como cada día volveré a mirar el buzón, esperando tus cartas, esperándote a ti.

Tu María, que te quiere más que nunca”

Sólo yo, un pequeño ladrón de cartas privadas, había leído aquellas cartas tan emotivas y sinceras. Estaba en deuda con María. Ahora formaba parte de aquella historia. Pero, ¿qué podía hacer?

Escribir.

Cogí una hoja en blanco y un bolígrafo azul. Comencé a escribir, tirado en el suelo de mi salón, rodeado de todas las cartas.

“Querida María:

Nunca te pude explicar la verdad. Ayer vino a verme a la cárcel, Paco. Era la primera vez en dos años que tenía una visita. Me trajo diez cartas que había cogido del buzón de la casa que alquilé. Es difícil explicarte todo lo que pasó, pero lo único que tengo es tiempo y ganas de escribir, así que allá voy:

Alquilé una casa en el barrio de al lado. Allí fue donde planeé el atraco. Sí, atraqué una joyería y me cogieron. Cada día que pasaba te veía peor. Andabas muy despacio y sabía que en un tiempo dejarías de caminar. Tu memoria comenzaba a fallar en pequeños detalles, como por ejemplo: no saber distinguir entre la sal y el azúcar. Echabas sal a los pasteles que hacías los fines de semana y azúcar a las lentejas de los lunes.

Yo no podía verte así. Eras la única persona que tenía en mi vida después de la muerte de mis padres y yo te amaba y te amaré hasta el final de mis días. No podíamos hacer otra cosa, nadie quería ayudarnos y la sanidad pública no paga una operación de tal calibre.

El día que me fui temprano por la mañana, pensaba regresar. Pero no solo, sino con un maletín lleno de dinero, después de haber vendido todas las joyas robadas. Robin Hood, sí, el primer personaje que tuve como actor, decía que había que robar a los ricos para dárselo a los pobres. Y eso iba a hacer yo.

Nosotros no íbamos a ir al Caribe de vacaciones, ni siquiera íbamos a comprar una casa nueva. Sólo quería pagar la operación que te salvara. Pero todo salió mal. Había acordado con unos hombres las ventas de las joyas, y después de escapar con una furgoneta robada y llegar al sitio donde habíamos acordado, me tendieron una trampa. Me dieron una paliza y se llevaron todas las joyas. No me dieron nada de lo pactado.

Las sucesivas noches dormí en la casa alquilada. Me pasaba los días llorando, sin salir de esas cuatro paredes. Pensando en ti. Pensando en cómo podía devolverte la vida. Una mañana decidí ir a verte, pero cuando llegué a la esquina de nuestra casa, vi a varios policías a punto de subir en mi busca. Allí me arrestaron. No pude verte por última vez y ahora estoy en la cárcel. Diez años de prisión.

No te olvides de esto nunca: te quiero igual que el primer día y que ese último día que no pude despedirme de ti. Cuando salgas de la cárcel, no te acordarás de mí; pero yo de ti, sí. Te besaré como en aquel primer beso que nos dimos detrás del escenario del salón de actos del colegio, donde interpretaba a Robin Hood. Mientras tanto, te escribiré cada día para saber que los dos seguimos vivos, amándonos.

Tu Álvaro, que dio todo por ti y lo volvería a dar.”

Leí la carta un par de veces. La metí en un sobre y pasé mi lengua por la solapa, para que se pegara. Le puse un sello y ambas direcciones. Salí a la calle y la eché en el buzón de correos. A veces es mejor una mentira cómoda, que una verdad incómoda. Cuando la realidad no existe, debemos crear una ficción que la supla.

A los pocos días volví a encontrarme en el portal con Ramón. Le saludé y pasé de largo, sin decirle nada más.

- ¿Hoy no me preguntas si has recibido alguna carta? Preguntó él, extrañado.

- No, hoy no. Dije mientras sonreía, contento, porque María había contestado y Ramón se disponía a echar la carta por la rendija del buzón del 4ºB.

- Seguro que mañana te llega alguna.

- Sí, seguro. Le respondí automáticamente, mientras me marchaba.

Esperé fuera hasta que Ramón se marchó del portal. Cuando le vi irse, entré de nuevo en mi portal, y saqué la carta de María. Subí a casa y la abrí.

“Queridísimo Álvaro:

Paco jamás me comentó nada. Supongo que lo hizo porque tú le dijiste que no me dijera nada, queriendo evitar el dolor de saber que estabas en la cárcel por mí. Eres tan bueno. Creo que eso que hiciste por y para mí, demuestra nuestro amor incondicional por encima de cualquier cosa. Ni la muerte, Álvaro mío, podrá con nosotros.

Sé que cuando salgas de la cárcel, vendrás a verme. Yo no sabré quién eres, pero cuando no te reconozca; cuando no sepa tu nombre; lee estas palabras y recuerda que aunque no me acuerde de ti, te amo como aquel día de nuestro primer beso detrás del escenario, donde la profesora de matemáticas, Margarita, nos pilló.

Cada día me cuesta más levantar el bolígrafo. Voy muy despacio, tardo mucho en redactar una frase y a veces necesito decirte tantas cosas que antes de escribirlas, ya se me han olvidado.

Nunca podré olvidarte porque te amo. Casados y sin hijos, sólo nos queda dar nuestro amor a estas cartas. Ese amor que le hubiéramos dado a él. No dejes de escribirme.

Tu María, que te espera con una sonrisa dentro de diez años.”

Me dieron ganas de llorar. De llorar como un bebé recién nacido. Nunca pensé que algo que había hecho pudiera levantar la moral de una persona de esa manera. Aquel día no iba a ir al instituto. Tenía una tarea más importante. Me pasé toda la mañana escribiendo una nueva carta para María. Después escribí una poesía y lo metí todo dentro del sobre. Busqué un sello por casa, pero no encontré ninguno.

Cogí el sello de la primera carta que me escribió y decidí ir a echarla yo mismo a su buzón. No se daría cuenta de que era un sello usado. La principal razón por la que me dirigí, según la dirección de la carta, a su casa, no era simplemente por no tener un sello; sino por esa sensación que te produce entregar algo que sabes que va a hacer feliz a una persona. Quería ser yo quien dejara caer mi sobre en su buzón e irme corriendo, como un cupido mentiroso que iba creando historias de amor que no existían, pero hacían feliz a la gente.

Llegué al portal que estaba abierto y entré. Busqué el buzón de María, que vivía en el bajo, y dando un suave y vergonzoso beso al sobre, lo dejé caer por aquella rendija, que cada día volvía a enamorar a María.

Mientras la echaba, oí una puerta que se abría y una señora dijo algo:

- Espere, espere, cartero. Quiero darle una carta para que me la envíe, si me hace el favor.

Una mujer en bata, de unos 45 ó 50 años, algo deteriorada me vio echando la carta.

- ¿Tú no eres el cartero, no? Preguntó con tono preocupado.

La mujer, con un rostro muy diferente al de su primera frase, se acercó despacio hacia el buzón y lo abrió. Mientras tanto yo, permanecía inmóvil, pensando en correr, pero sin mover un solo músculo. Asustando por una parte e impresionado por otra al ver como aquella mujer, a la que había estado leyendo y escribiendo, era real.

Abrió con una pequeña llave el buzón y con una sonrisa, vio la carta.

- Estoy enferma, muy débil, pero no soy tonta. ¿Eres tú, verdad? Dijo mientras me la mostraba.

No supe decir nada. Supongo que mi rostro me delató.

- Ya decía yo que mi Álvaro era un asustadizo, y que jamás sería capaz de robar en una joyería. Si el pobre era asmático y además no sabía conducir. Pero eso sí, era un golfo de mucho cuidado. Tenía más amantes que pelos en la cabeza. Era medio calvo.

De repente la mujer cambió la expresión y sonrió.

- No dejes de escribirme, por favor. Tienes una letra preciosa.

Nota de autor: Mañana, 23 de Abril, es el día mundial del libro. Hace justo un año escribí un pequeño artículo sobre este día. Pensé en volver a reescribirlo porque la verdad es que a día de hoy le veo bastantes fallos. Pero al final he decidido dejarlo tal y como lo escribí por aquel entonces, cuando comenzaba mis andadas en el mundo de la escritura. Si quieres leerlo pincha aquí.

Daniel de Vicente

14 de Abril, 2007

¡Quiero volver a ser un niño!

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Sólo es un día más. Un número cualquiera en el calendario que pasa desapercibido para todo el mundo. A menudo llueve, otras veces sale un tímido sol primaveral, y otras muchas, las nubes tapan un hermoso cielo azul. Pero el día en que nací, lucía un radiante e intenso sol, nada típico de Abril.

Mi madre suele contarme, casi siempre a escondidas, susurrando en voz baja como si fuera un secreto, el día en que nací. Al parecer, después de que las comadronas me limpiaran y me vistieran, mi padre me cogió en brazos y me acercó a la ventana del hospital.

- Mira, hijo, en que día más bonito has nacido. Dijo clavando su pupila en la mía y mostrándome el mundo que ahí afuera me esperaba.

Daría lo que fuera por haber tenido por aquel entonces, en mi primer día de vida, uso de razón, para acordarme de aquel instante: la primera frase que mis oídos captaron, aunque no entendieran nada. Siento algo parecido cada 11 de Abril, supongo que no tan sobrecogedor como aquel instante, cuando mi madre me relata con una sonrisa y unos emotivos ojos, aquella escena.

Cada vez que escucho atento sus palabras, añoro aquellos tiempos de mi niñez en los que aún no me daba vergüenza darle un abrazo. A veces imagino sus arropadores brazos rodeando mi cuerpo. Vuelvo a ser el niño que fui cuando esa bonita imagen se proyecta en mi mente.

La diferencia entre la niñez y la adolescencia, es que en esta última no siempre dices lo que piensas. En la niñez, sí. Apenas te importa lo que vayan a pensar lo demás, o si lo que vas a decir es una tontería. Necesitas expresar tus sentimientos. Cada pensamiento que fugazmente pasa por tu cabeza, lo dejas escapar, sin miedo a que se pierda entre la incomprensión y la poca ingenuidad de un mundo de adultos.

En mi decimoséptimo cumpleaños, una extraña fuerza me impedía acercarme a mi madre y darle un abrazo, como años atrás solía hacer. Pero ya no era un niño, ahora formaba parte de una realidad que me impedía actuar como mi corazón, al compás de sus latidos, me dictaba.

Me levanté como un día más, pero cuando cumples años, algo por dentro te dice que ese día tiene que ser especial. Con esa fuerte sensación, vino mi madre a felicitarme y a darme un beso.

- Gracias, mamá. Le respondí, sin apenas mirarla, mientras buscaba entre mi desordenado armario la ropa que me iba a poner.

La felicidad sólo es capaz de atrapar en su burbuja a los niños, porque ellos son los únicos que son capaces de tener fe en una palabra de nueve letras. Según te haces mayor, te preocupa más qué te vas a poner para salir a la calle, que ver la sonrisa única de tu madre al felicitarte.

Salió del cuarto y se marchó. Entonces sentí como un frió y una enorme lejanía se apoderaba de mi habitación. Siempre dejo pasar los mejores momentos de mi vida. Aquellos que nunca soy capaz de vivir, pero que termino recordando día tras día.

Cuando llegué a la cocina, vi sobre la mesa una tarta de bizcocho rellena de fresas, que mi madre había preparado por mi cumpleaños (sí, la de la foto). En aquel instante, volví a vivir de nuevo todos mis cumpleaños, pero sólo como un espectador más. Cuando necesito recuperar mi felicidad, vuelvo a los años de mi niñez, donde hallo los momentos claves que dan sentido a mi vida.

Cada año de mi infancia, mi madre cocinaba una riquísima y enorme tarta que con el cariño de sus manos y la originalidad de sus neuronas, sólo ella era capaz.

Pero eso no era todo. No sólo hacía tartas por mi cumpleaños -y por supuesto, por el de mi hermana- sino que también, hacía tartas por los cumpleaños de todos mis muñecos. Mi época no se caracterizó por juguetes como los Madelman, o los soldaditos de plomo, sino por algunos más modernos como: los Playmobil (de los cuales mi padre, siempre ha sido aficionado y creo que se sentía más feliz él que yo cuando me compraba uno) y los Action Man.

Con esos juguetes, me pasaba todas las tardes inventando personajes, historias y aventuras que, más tarde, sin darme cuenta, sustituí por un bolígrafo y un papel. Mi imaginación no nació en los libros, ni en las cuartillas, sino en como era capaz de convertir mi cuarto en un campo de batalla medieval del siglo XIII con un par de muñecos y una caja de zapatos. Es por ello que aquellos muñecos, que descansan en cajas y baúles olvidados, fueron las primeras víctimas de mi fervorosa imaginación.

Los colocaba a todos en la mesa de la cocina de mi antigua casa. Los más pequeños en la primera fila -Playmobils- y los más altos -los Action Mans- en las de detrás. Mi hermana, que por aquel entonces tendría unos 5 ó 6 años -ahora tiene 12-, traía a sus muñecas -esas rubias, con cuerpo de top-model y pechos enormes, sí, las Barbies- y las colocaba en la mesa. Entonces mi madre sacaba del horno la tarta que había estado preparando toda la tarde. Y todos -incluidos los muñecos, que para mí siempre tuvieron vida- la mirábamos con grandes ojos. Mi madre llenaba toda la tarta de velas, porque había muchos muñecos y por tanto, muchos cumpleaños, que casualmente todos los cumplían el mismo día. Y los tres cantábamos el ya mítico cumpleaños feliz y soplábamos una y otra vez las velas. Lo mejor de todo, era cuando cortaba un trocito pequeño de tarta y se lo intentaba meter por la boca a uno de los muñecos.

- Mamá, no quiere abrir la boca, no tiene hambre. Tendremos que comérnosla nosotros solos. Decía yo con una sonrisa hambrienta.

Ella se reía. Mi hermana y yo saboreábamos esas tartas de bizcocho con nata, frutas, guindas, caramelo y una cantidad de sabores dulces que dejaban completamente satisfecho nuestro paladar.

Los muñecos, como tantas otras cosas de mi infancia, poco a poco fueron desapareciendo. Pero jamás la imaginación de mi madre, que sospecho, terminó donándome.

En los días calurosos de verano, salíamos a la terraza a comer. Mi madre nos decía que estábamos en medio del desierto, como Indiana Jones –mi héroe favorito de la infancia- y que teníamos sólo una cesta de comida. De la cesta, comenzaba a sacar alimentos como un tesoro único. Abría los ojos y con delicadeza comenzaba a poner cada alimento sobre el mantel del suelo. Nosotros, maravillados por aquellos únicos alimentos de todo el desierto, abríamos todavía más los ojos y la mirábamos exhortos, como si fuera Mary Popins y estuviera sacando una cosa tras otra de su interminable bolso.

Cuando terminábamos de comer, mi madre de repente, decía:

- ¡Mirad, mirad, una culebra!

- ¿Dónde? Preguntábamos aterrados con la inocencia que sólo un niño tiene, mirando hacia nuestro alrededor.

- ¡Ahí, ahí! -gritaba ella, señalando entre mis piernas- Corred, cojamos todas las cosas y llevémoslas al jet -que en este caso, era la cocina-.

Nos levantábamos corriendo. Metíamos el mantel y todos los restos de la comida en la cesta y lo llevábamos todo a la cocina.

- Ya estamos a salvo. -decía suspirando mi madre cuando llegábamos a ella-.

Nosotros sonreíamos. Era increíble. Era capaz de conseguir lo que ninguna madre ha conseguido nunca: que sus hijos quiten la mesa en menos de 10 segundos. Y lo mejor de todo es que nos lo pasábamos genial.

En invierno, cuando no podíamos salir a la terraza a plantar nuestro camping en mitad del desierto, teníamos que comer en la cocina.

- ¿Qué hay para comer? Le preguntábamos a mi madre cuando llegábamos del colegio.

- Lentejas. Respondía ella.

Mi hermana y yo protestábamos, gruñíamos y maldecíamos a las dichosas lentejas una y otra vez, delante del plato. Pero no por mucho tiempo, enseguida mi madre nos volvía a sorprender.

- Pero, ¿qué os pasa? Preguntaba ella.

- Que no nos gustan las lentejas. Decíamos a coro nosotros.

- ¡Ah!, ¿no? Bueno, no pasa nada. Abría uno de los armarios y sacaba un frasco transparente vacío.

- ¿Sabéis lo que es esto?

- ¿El qué? Preguntábamos nosotros con poco entusiasmo, revolviendo las lentejas con la cuchara.

- Son los polvitos mágicos.

- ¿Y eso qué es? Le preguntaba yo.

- Son unos polvitos que me ha traído un mago de unas tierras muuuy lejanas, que cuando los echas en la comida, sabe bien.

Mi madre abría la tapa del frasco, despacito, con movimientos delicados, y metía sus dedos en el contenido vacío del tarro. Entre las yemas, sacaba unos polvos invisibles que nos comenzaba a echar sobre las lentejas.

- ¿Por qué son invisibles, mamá? Preguntábamos.

- Porque las mejores cosas de esta vida, son invisibles.

Acto seguido mirábamos las lentejas y comenzábamos a comérnoslas. Cucharada tras cucharada, casi no nos daba tiempo ni a respirar. Al rato, cuando nos cansábamos, pedíamos más polvitos mágicos y mi madre, con el mismo entusiasmo del principio, nos volvía a echar. Y seguíamos comiendo, así hasta que terminábamos y decíamos:

-¡Qué buena estaba la comida, mamá!

- Recordad -decía ella mientras nos guiñaba el ojo- son los polvitos mágicos.

Cuando llegaba carnaval, siempre le pedía a mi madre que me hiciera un disfraz para la fiesta del colegio. El primer año se pasó una semana entera cosiendo y diseñando un traje de Indiana Jones, que como ya os he dicho, era mi personaje de ficción favorito. Hizo una cazadora de cuero, un sombrero a juego y unos pantalones de pana marrones. Yo siempre la veía con la máquina de coser, y con un montón de telas sobre la mesa. Unos días antes de la fiesta, mientras jugaba en mi habitación, me llamó. Fui al salón, donde para mi sorpresa me encontré sobre la mesa un traje idéntico al de mi adorado héroe.

- ¿Cómo lo has hecho, mamá?, ¿cómo lo has hecho? Gritaba yo lleno de felicidad mientras vislumbraba mi particular tesoro.

Ella siempre sonreía. La sonrisa es el lenguaje de la felicidad.

Los sucesivos años, me disfrazó de heavy metal, de médico, de albañil y de un largísimo etcétera. Todos mis compañeros se quedaban con la boca abierta cuando me veían con esos disfraces tan ingeniosos y bien confeccionados.

- Me lo ha hecho mi madre. Decía yo orgulloso, viendo sus trajes comprados en tiendas.

Al rato, me di cuenta de que llevaba más de 10 minutos observando mi tarta, sin apenas haber probado bocado.

Cuando nadie me veía, le puse una única vela a la tarta y con un mechero la encendí. Desde hacía algunos años, había pedido el mismo deseo: dedicarme algún día, por completo, a escribir. Pero aquel año pedí uno totalmente diferente:

“¡Quiero volver a ser un niño!” Repetí mentalmente con los ojos cerrados.

Soplé la vela y se apagó. El fino humo comenzó a formar una espiral en el aire, hasta que desapareció de mi vista. Corté un enorme trozo de tarta y con una cuchara comencé a llevarme trozos a la boca.

Mi madre entró en la cocina.

- ¿Te gusta la tarta? Preguntó ella con una sonrisa.

- Esta buenísima, mamá. Cada 11 de Abril, vuelvo a ser un niño gracias a ti.


Daniel de Vicente


Dedicado a la persona que más me quiere en el mundo: mi madre.

Notas de autor: El 7 de Abril, Escribir es vivir cumplió un año en la blogosfera. Por otra parte, gracias a un lector que me agregó al Messenger, me enteré de que la revista “DT” había hecho una captura de imagen de mi blog como ejemplo, en un reportaje, de cómo crear un blog. Aquí está la foto (no tengo escáner) de la imagen de mi blog en dicha revista.

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Es una revista de actualidad con fotos eróticas. Casi no me la venden en el quiosco cuando me vieron cara de niño.

No sólo yo y mi blog cumplimos años, Damaris, fiel lectora de este blog desde hace algún tiempo, casualmente también cumplía años el 11 de Abril. Concretamente 24. ¡Felicidades Damaris! Esta mañana nada más abrir el buzón, he encontrado un regalo de ella: el libro “El caballero de la armadura oxidada” ¡Muchísimas gracias!

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Pero aún me queda un regalo más (lectores como estos, da gusto), otra lectora, llamada Alba, me pidió una foto mía para dibujarme como regalo de cumpleaños. Ella pinta genial para la edad que tiene, pero he de decirte algo Alba: soy más guapo que en el dibujo :) ¡Muchísimas gracias!

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4 de Abril, 2007

Frenesí

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En cuanto la vi, supe que tenía que conocerla. La encontré una tarde de primavera paseando por Madrid, refugiada bajo sus negras gafas de pasta. Yo caminaba sin rumbo, intentando huir de mi soledad, cuando ella se cruzó en mi camino. Caminaba despacio con la mirada perdida en el suelo. No sabía quién era. No sabía cómo se llamaba. Pero me había enamorado de ella.

Si hubiera sabido que la estuve persiguiendo durante más de media hora por las diferentes calles de Madrid, hubiese pensando que estaba loco, o que era un pervertido. O las dos cosas.

Es difícil explicarle a una completa desconocida que, te has enamorado de ella. Que desde que la has visto, no has podido apartar la mirada de sus ojos. Que cuando camina, desprende una fragancia mortal que se apodera de cada parte de tu cuerpo y te vuelve vulnerable. Que no es amor a primera vista, pero tampoco a segunda. Que simplemente, es un frenesí.

No me podía ir sin conocerla. Si dejaba pasar esa oportunidad, jamás volvería a verla. Necesitaba un plan. Tenía que conseguir que se fijara en mí y creyera que todo había sido de forma inusual. Es duro enamorarse de las chicas que pasean por Madrid.

Le seguí a unos tres o cuatros metros de distancia. Sólo le veía la espalda, pero era tan hermosa… Parecía de otro planeta, como si el mundo a su alrededor no le perteneciera y viviera en un mundo imaginario donde sólo existía ella. Al rato, se paró delante de una tienda de comics y después de mirar el escaparate, entró. Había llegado a su destino.

Esperé un rato fuera, para no levantar sospechas. Acto seguido entré en la tienda. Cuando entras a una tienda de comics eres consciente de haber dejado el planeta tierra y habitar un planeta fantástico, underground, que tú y nada más que tú, controlas.

Las tiendas de comics son semejantes a los cines porno. La gente jamás levanta la vista para observar a los demás. Los compradores habituales no acuden en grupos, sino individualmente, bajo ideologías y vestimentas que sólo ellos entienden.

Fue directa a uno de los estantes que estaban situados a la izquierda de la tienda. Anduvo buscando entre las estanterías y al rato, con una sonrisa en los labios, sacó un fino ejemplar. Parecía muy feliz, como si hubiese encontrado un tesoro, un diario secreto o un boleto ganador de lotería. Soltó el comic durante un instante, mientras acudía a preguntar algo al dependiente.

Fue entonces cuando entré en escena y me convertí en protagonista de aquella historia. Era mi oportunidad. Mi única oportunidad. Ahora o nunca, me dije a mí mismo.

Con paso ligero me acerqué al estante y como quien no quiere la cosa, sustraje cuidadosamente el comic que la chica de las gafas de pasta acababa de devolver a la estantería. En cuanto las finas tapan tocaron mi mano, la chica dejó de hablar con el dependiente y se acercó, algo triste, hacia mí. Hasta ese momento no supe lo que era enfrentarse a una lectora de comics, pero ahora ya lo sé. No se lo recomiendo ni a mi peor enemigo.

- Oye, oye, eso es mío -dijo con la mirada clavada en el comic mientras se acercaba a mí-

- ¿El qué? Dije haciéndome el imbécil.

- Eso -gritó, señalando el comic-

- Lo siento, lo voy a comprar -Le contesté-

- No, por favor, no… -dijo con tono preocupado- llevo esperándolo mucho tiempo… lo tenía yo… he ido un momento a preguntarle al dependiente cuándo saldría el próximo número.Observé el comic, que por cierto era de Spiderman, y fingiendo como un auténtico actor profesional, contesté:

- Bueno, mira, podemos hacer una cosa. Tú lo compras -le dije mientras le entregaba el comic- y yo te invito a tomar algo, ¿te parece?

Ella Sonrió. ¡Bingo!, gritó una vocecita dentro de mí. No me gusta ser tan malo con las chicas, pero no me dejan otra opción. Si te acercas sin conocerlas y la invitas a una copa, posiblemente pasen de largo o te suelten un tortazo. A veces hay que fingir, soltar pequeñas mentirijillas para que te hagan caso.

Acompañé a Elena, como dijo que se llamaba, hasta la caja y después de pagar el comic, salimos de la tienda. Por el camino me dijo que le había salido más caro de lo que pensaba. Le contesté que al que le había salido caro todo aquel asunto era a mí, que encima tenía que invitarla a tomar algo.

Creo que le gusté. No dejaba de mirarme mientras hablaba. Cuando nuestras miradas se encontraban, ella apartaba la suya rápido, como si sintiera vergüenza.

Nos sentamos en una cafetería. Se extrañó mucho cuando pedí una botella de agua.

- Es que soy un chico muy sano -le dije-

Volvió a sonreír. Tenía una sonrisa preciosa, de anuncio de dentrífico.

Detrás de las gafas de pasta, había unos ojos verdes intensos; un pelo rizado marrón, recogido en un perfecto moño. Sus labios parecían arcilla moldeable a los que un alfarero hubiese dado forma. Imaginé como las yemas de mis dedos moldeaban sus labios.

- ¿Tengo algo en los labios? -dijo limpiándoselos con una servilleta-

- No, no… -dije con algo de vergüenza- Sólo los estaba mirando, son preciosos.

Se ruborizó un poco y tuve que cambiar rápido de tema, antes de que a mí también se me saltaran los colores.

- Me gustan tus gafas de pasta. Yo también tengo unas. -dije-

- Ah, ¿sí? A ver, pontelas.

- Ya las llevo puestas -contesté-

- Pues yo no las veo -se rió-

- Es que son invisibles. Tienes que imaginarlas.

Elena frunció el ceño y se quedó un rato mirando mi rostro, como si estuviera imaginando una montura de gafas sobre mis ojos.

- Ahora las veo -dijo- ¿Nunca te han dicho que te pareces a Peter Parker, pero en rubio?

- Sí, llevo el traje de Spiderman debajo de la ropa, por si tengo que salvar a alguien, ya sabes.

Los dos reímos. Al rato, Elena me miró y me formuló una pregunta que le había estado rondando por la cabeza desde que nos conocimos.

- Y tú, Dani… ¿en qué crees?

- ¿En qué creo? -pregunté sin entenderla muy bien-

- Sí, todo el mundo cree en algo: en Dios, en el dinero, en el amor, en el sexo, en el éxito… En algo tienes que creer.

- Yo creo en el frenesí. -le respondí-

- ¿Y eso qué es?

- Esto.

Me acerqué a darle un beso y nuestros ojos se cerraron mientras mis labios, desesperados y hambrientos, comenzaron a moldear los suyos apasionadamente…

 

Daniel de Vicente